Os cuelgo esta entrada tan interesante que me acaba de pasar mi padre vía enlace. Os lo pego para que lo podáis leer (http://blogs.elpais.com/mamas-papas/2011/11/en-defensa-de-los-brazos.html):
Ahora que estoy en la fase de
intentar acostar a Elisa en la cuna para que se duerma -para ella debe ser como una cama de pinchos, por los gritos que pega cuando lo intento-, me vienen a la cabeza las
advertencias apocalípticas de los últimos meses:
"Cecilia, déjala en la cuna, que se va a acostumbrar"; "a esta niña no se la puede dejar sola"; "¿lo ves?, tú la has acostumbrado"... Madre, suegra, la señora que nos ayuda con los niños por la tarde... Todas piensan que a fuerza de tener a la nena en brazos, es
inacostable. Lo curioso es que
en cuanto la nena dice "ahhh", todas corren... a cogerla en brazos.
Lo que me convence aún más de que
coger a un bebé en brazos es instintivo y natural. Desde que nació David, hace cuatro años, es lo que me sale, sin clases, sin vídeos demostrativos, sin madres cercanas de las que tomar ejemplo. Si un bebé llora, lo cojo. Si se me duerme mientras está en brazos y no tengo otra cosa que hacer, lo dejo. Si no llora pero sospecho que llorará si lo suelto, me lo quedo en brazos.
¿Se acostumbran?, me pregunto. ¿Y qué?, me respondo.
Lo reconozco.
Me encanta tener a mis bebés en brazos. Que se duerman los primeros días mientras toman el pecho, como si fuera el mejor lugar del mundo para estar. Tenerlos cerca y achucharles, olerles el pelo, darles besos en cualquier momento, hacerles cosquillas en los pies, acariciarles la mejilla mientras duermen. Enseñarles cosas cuando son más grandes. Cantarles al oído. Cuando lloran, saber que mis brazos tienen el poder de que se calmen.
Me sale tan natural que me ha sorprendido mucho una afirmación que he leído recientemente: "Los padres de países como Holanda y Alemania acuestan a su bebé despierto y este se duerme al rato sin llorar u otros problemas, pues en aquellas latitudes simplemente
no existe la costumbre de mecer al bebé". Y más adelante: "Estos estudios en que se comparan las costumbres de un país con las de otro demuestran claramente que mecer tiene un factor sociocultural y no responde a una necesidad biológica del bebé. El bebé es capaz de dormirse solo"
(¿Por qué llora mi bebé?, de
Coks Feenstra, Temas de Hoy).

No dudo que el bebé sea capaz de dormirse solo. Lo que me sorprende es que a los padres y madres holandeses o alemanes
no les salga de forma natural mecer a un bebé que llora -que seguro que los hay- antes de dormirse. Claro que he intentado acostar a Elisa despierta o adormilada para que se duerma sola, como aconsejan distintos expertos en sueño. Pero si llora, como hace la mayoría de las veces, ¿qué hago? Lo que me sale, sin que nadie me lo haya enseñado, es cogerla y mecerla para que se tranquilice. ¿De verdad que a los holandeses y alemanes les sale antes, instintivamente, sentarse al lado de un bebé que llora y hablarle antes que cogerlo en brazos y mecerlo?

El pediatra
Carlos González, conocido defensor de la crianza natural, explica muy bien por qué los bebés, instintivamente, piden brazos: "Cuando no existían telas ni cuerdas ni mucho menos cochecitos,
las madres llevaban a sus hijos en brazos todo el día (...). Es casi seguro que los bebés estaban cada minuto de las 24 horas del día en contacto físico con otra persona, casi siempre con su madre, hasta que empezaban a gatear". Se refiere a hace decenas de miles de años, cuando el ser humano vivía en tribus y se desplazaba para buscar alimento. Pero, en todo este tiempo, esto no ha cambiado: "No hay ningún otro animal sobre la faz de la tierra que necesite
más de un año simplemente para agarrarse a su madre". Por tanto,
"durante millones de años, la evolución natural ha favorecido a aquellos niños que disfrutan yendo en brazos, pero se enfadan si se les deja solos. Era una cuestión de supervivencia"
(Bésame mucho, Temas de hoy).
En fin, que no digo que hoy en día tengamos que llevar al bebé encima las 24 horas. Pero
tampoco es normal que lo intentemos soltar -en la hamaca, en la cuna, en el carro, en la manta de actividades- a la primera de cambio y que pretendamos que se queden ahí horas sin rechistar. Y es que aunque nosotros sepamos que no hay peligro, los bebés no lo saben.
Así que si Elisa, que tiene casi cuatro meses, protesta cuando la acuesto, le hablo un ratín y le acaricio la cabeza. Pero cuando pasa de la protesta al llanto desaforado, yo, por lo menos, la cojo. Y eso que cada vez cuesta más. Los 3,4 kilos del principio ya son 7, y mis lumbares y, cómo no, mis brazos, se resienten. Creía que siendo la tercera, la cogería menos que a sus hermanos. Pero qué va.
Eduardo dice que incluso la cojo más que a los anteriores. A lo mejor es porque sé que, salvo accidente o que nos toque el Euromillones, será la última. Incluso he prescindido del carro, donde llora mucho, y la llevo a todas partes en una mochila portabebés, ya que se queda frita en cuanto salimos.
Por supuesto que preferiría sentarme un rato en el sofá al final de un día muy largo, en vez de bailar y cantar con los siete kilillos de Elisa en brazos para que se duerma. Pero
dentro de unos años, lo que recordaré con una sonrisa será ese momento, y no la serie de la tele que me perdí. Aún recuerdo las palabras de una vecina, con cierta pena, un día que me vio con David en brazos cuando era bebé: "Me hubiera gustado coger más a mi hijo (un año mayor), pero como dicen que así se acostumbran...". "¿Y qué?", me hubiera gustado decirle, aunque me venció el pudor.
"Que se acostumbre, dentro de nada ya no querrá estar en brazos". Y es verdad. David, de cuatro años, y Natalia, de dos y medio, ya solo quieren que los cojas jugando o cuando están muy cansados. Y lo echo de menos.
Nota: en las fotos, mi suegra y mi madre, que dicen que tengo demasiado tiempo a Elisa en brazos, y por supuesto, yo.
22/11/2011 - 17:13
que lindo