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Historia de una nueva vida

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Una mañana de finales de verano, en medio de mis meditaciones, tuve una visión conmovedora que me dio la certeza de que pronto iba a ser madre de nuevo.

Una mujer en un prado, flores silvestres, el canto de los pájaros, una brisa suave y agradable, un sol cálido. Sentí que podría ser yo, quizás no, su vientre abultado, una mano acariciándolo y una voz deleitosa “pronto, muy pronto”.

Hacía más de un año que había perdido a Leo, lo que me afectó mucho más de lo que quizás nunca demostré. Es increíble cómo con su corta existencia pudo darme una lección de vida tan grande, tan transformadora.

Despedirme de él fue el inicio de unos meses en los que surqué intensamente por mis mundos internos, refugiándome (o buscando sostén) en el proyecto de Mamamorfosis y en mi familia.

Ahora, viéndolo con más distancia, soy mucho más consciente de todo ese proceso, que en todo caso ha sido un gran aprendizaje y crecimiento.

Volver a concebir

El ginecólogo nos recomendó esperar tres ciclos para volver a intentar una nueva concepción. Así lo hicimos.

Empecé entonces a prepararme de forma consciente para volver a concebir; Cambié mi dieta (pues con el embarazo anterior había engordado más de cinco kilos y seguía aumentando), hice un trabajo de búsqueda y de indagación personal, empecé a meditar cada día,…

Cuando lo intentamos de nuevo con anhelo y esperanza, entré en unos meses muy desordenados. Dos falsos positivos en cinco meses, que además de la desilusión que tenía que digerir, me hicieron ver que había algo que no estaba funcionando bien.

El destino, con una serie de informaciones que me iba trayendo por varias vías (y siempre que pasa esto, hay que escucharlo), me sugirió que empezara a hacer Qi Gong (te hablé de ello aquí).

Equilibrándome con el Qi Gong

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Empecé en un grupo de Qi Gong para la mujer (una una terapia medicinal de origen chino basada en el control de la respiración y la autocuración energética)  y rápidamente me di cuenta que no le había estado dando a mi cuerpo (ni a mi esfera emocional)  la atención que me estaba reclamando.

No estaba gestionando bien mi energía vital, no me estaba recargando como necesitaba, mi atención estaba en un foco que me desgastaba, quedando a la merced de mis miedos y de una rabia inconsciente que estaba ahí… Y así era muy difícil  conseguir un embarazo.

Gracias a algunas sesiones individuales con mi maestra Gemma Villanueva, comencé a practicar cada día por las mañanas unos ejercicios que, literalmente, me resetearon.

Fue increíble.

Recuerdo con emoción cómo el primer día que asistí al grupo de Qi Gong, después de estar varios meses prácticamente sin regla (con aquellos falsos positivos de por medio), al acabar la sesión fui al baño y me bajó la menstruación. Me quedé impactada.

Desde aquel día mi cuerpo se reguló como un reloj, en todo.

No conocía antes esta terapia, ni sabía que era tan efectiva para las mujeres, pero puedo atestiguar (y muchos otros casos de mujeres que he conocido) que es realmente una herramienta de salud.

Una nueva vida brotó en mi vientre

Pasó el verano.

Primero tuve aquella visión con la que he empezado este artículo, que me llevó a hacer esta figura  de arcilla en una sesión de arte-terapia de experimentación de materiales, y que salió sola.

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Unos días más tarde, acudí a casa de Gemma a una de nuestras sesiones individuales de Qi Gong. Por primera vez, de las muchas veces que había estado en aquella sala, me fijé en un cuadro en la pared; un bebé en el vientre materno.

Un bebé que me miraba.

—¿Desde cuándo está ahí ese cuadro?—le pregunté a Gemma.

—Siempre ha estado ahí. Lo hice cuando estaba embarazada de mi hija.

—¿Cómo es posible que no lo haya visto antes? —dije sorprendida, y justo en ese momento lo sentí.

—Quizás estés embarazada —me contestó Gemma, pero ya tenía esa certeza.

Al día siguiente me hice la prueba, junto a un F. cauteloso pero tierno,  y dio positivo. Quisimos ser prudentes antes de dar saltos, pero la alegría se extendía cálida por todo mi ser, algo en mí me decía que esta vez una nueva vida había brotado en mi vientre.

Esperando a nuestro hijo

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Estoy embarazada de 24 semanas. Un niño crece en mi interior. Cada día que pasa me siento más plena y feliz. Agradecida por tener esta nueva oportunidad de recibir a un nuevo ser en nuestra familia y poder acompañarlo con amor.

Esta vez decidimos dejar que Sunflower lo descubriera por sí misma, sin crearle expectativas que luego no pudieran ser.

Lo descubrió a los tres meses de embarazo, mientras nos poníamos el pijama.

—Mamá, tienes la barriga muy gorda, creo que tienes un bebé.

—¿Eso crees?

—Sí, hace días que lo pienso, pero como no recibo ninguna carta, no estoy segura.

Me quedé sin palabras.

Cuando Leo llegó a nuestras vidas, le escribimos una carta para explicarle que iba a tener un hermanito o hermanita. Después fue tan doloroso explicarle que no había podido ser, que por eso esta vez optamos por no hacerlo, y sin embargo, ella la esperaba.

Su cara de alegría al saber que estaba en lo cierto, el abrazo que me dio, ha quedado grabado en mi corazón. A sus seis años tiene una percepción de las emociones de los demás, una empatía y comprensión de las situaciones,  que a veces me resulta abrumadora. Es extraordinaria.

Ahora, voy día a día preparándome para recibirlo, ya pronto dejaré de trabajar (por prevención de riesgos laborales), la semana que viene empiezo en un grupo de preparación consciente al parto y también canto carnático.

Y me siento feliz y dichosa de poder compartir esta buena noticia desde la gratitud. Muchas personas que me siguen desde hace tiempo, me han demostrado su cariño y afecto en estos meses difíciles con sus mails, mensajes, con sus palabras, y me han servido, mucho, no me he sentido tan sola,  y  por todo ello quiero expresar también un gracias enorme desde el corazón: GRACIAS.

Una madre consciente sabe

Una madre consciente sabe…

que el universo la sostiene,

que las fuerzas cósmicas del cielo y la tierra,

la luna y las estrellas, están con ella.

Que no está sola en esta danza del maternaje,

que todas las madres del mundo y del más allá navegan con ella.

Una madre consciente sabe…

que ser madre sólo se aprende caminando,

que a veces hay que saltar al vacío y soltar

para que nuestros hijos puedan crecer,

y sólo así crecemos nosotras.

Una madre consciente sabe…

que cuando las sombras acechan

y salen en forma de loba, pantera,

dragona desmedida,

hay algo que clama por ser cuidado

y atendido por nuestra Alma.

Una madre consciente sabe…

que somos muchas las que estamos despertando

a un nuevo sentir de nuestro útero,

de nuestros ciclos, de nuestra feminidad y de nuestra sombra.

Y que ello nos une,

como un cordón umbilical invisible,

a la gran Madre.

(Mónica Manso Benedicto – extraído de Agenda-ligro del embarazo consciente)

Aguamarina

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