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Sin castigos y sin premios ¿se puede educar?

Sin castigos y sin premios se puede educar, por supuesto que sí. Es más, es la única manera de garantizar una educación con resultados positivos.

Cada vez es más frecuente, afortunadamente, leer y escuchar a padres que se puede educar sin castigos y sin premios. Aunque aún así y conociendo las consecuencias de educar aplicando castigos y premios, todavía nos cuesta evitarlos porque el camino parece más lento.

La realidad es que merece la pena hacer que el camino sea un poco más largo pero lograr que adquieran habilidades de vida, que les hagan saber tomar las decisiones adecuadas y que puedan ir creciendo con autonomía para que puedan resolver por sí mismos situaciones de las que hayan aprendido. Si por cometer un error les castigamos, lo que provocamos en ellos es culpa, no provocamos responsabilidad que es realmente lo que deseamos. Y si les premiamos para obtener esa responsabilidad que buscamos, lo que les hacemos es un chantaje que no les enseña nada más que a hacer las cosas para obtener la aprobación de los demás, limitando su propio criterio a la hora de tomar decisiones sobre lo que hacer en ese momento y en el futuro. Provocando además, que su comportamiento dependa de si hay o no hay un premio por ello.

Realmente los castigos los usamos para descargar y calmar nuestra ira y frustración, aunque creemos que lo hacemos para que aprendan la lección y por su bien. Creemos que funcionan porque no se salen con la suya. Es ese momento cuando empiezan los problemas y la lucha de poder entre padres e hijos por ver quien gana la batalla. Ya tocamos el tema el otro día cuando hablábamos sobre niños rebeldes.

Hay una cara de la moneda en la que los castigos funcionan, sí, es cierto y de forma inmediata. Tu castigas o amenazas a tu hijo cuando no hace los deberes, con no dejarle jugar a la tablet más o no llevarle al cumpleaños de su mejor amigo y funciona. Claro, funciona. Pero contesta a estas preguntas sinceramente y dinos hacia donde te llevan.

¿Hasta cuándo funciona el castigo?

¿Cuántas veces castigas a tu hijo por las mismas cosas y sigue sucediendo una y otra vez lo mismo?

¿La relación entre vosotros es más cercana y mejor o lejana y peor?

¿Si mejoras la relación, crees que las cosas serían diferentes?

¿Cuándo está tu hijo más colaborador?, ¿cuando está enfadado  y triste contigo o cuando se siente bien?

Ya lo dice Jane Nelsen “¿De dónde sacamos la loca idea que para que un niño se porte bien primero debemos hacerlo sentir mal?

sin castigar


En la que medida que nuestros hijos van creciendo y desarrollando distintas habilidades de vida, nosotros desarrollamos nuestros propios métodos educativos e intentamos hacerlo lo mejor que podemos.

La primera vez que vemos que nuestro hijo hace algo que nos molesta o consideramos un peligro, como gritar o saltar en el sofá, ¿cómo actuamos?

Al principio puede que le regañemos y que con decirle que puede hacerse daño, funcione y deje de hacerlo. La siguiente vez puede que le amenacemos con quitarle algún juguete. La siguiente le gritemos. La siguiente le castiguemos en su habitación. La siguiente le demos un azote y así vamos incrementando hasta llegar a límites en los que lo único que hacemos es perjudicar tanto a ellos como a nosotros. Además  como comprobáis no sirven de nada porque se sigue repitiendo una y otra vez lo mismo.  Y si no se repite es porque nuestro hijo nos tiene miedo y ha asumido que tienen que obedecer a todo lo que le digan porque es un ser inferior  que lo único que tiene que hacer es lo que los demás le digan. Callar cuando se lo ordenen y agachar la cabeza para evitar la colleja.

Esto no solo ocurre en casa, también fuera de casa. Pueden pasar 2 cosas, que el niño se comporte igual que nosotros y cuando quiera algo, da igual lo que sea, pero para él es razonable, haga lo mismo con otros niños de su edad a los que él considere más débiles.  O que tenga tan asumido que tiene que obedecer y aceptar órdenes de los demás que si recibe por parte de otros niños o adultos golpes, órdenes castigos o insultos lo asuma como algo normal que tiene que aceptar.

Como no queremos que esto ocurra, cada vez somos más los padres y afortunadamente algunos educadores que hemos elegido el camino más largo pero con más satisfacciones. Elegimos educar con Disciplina Positiva.

No hay ninguna fórmula mágica que haga que tu hijo deje de saltar en el sofá. Olvídalo, no existe. Además los niños saltan, gritan, ponen juguetes por medio, les cuesta recoger o no lo hacen, se pelean, derraman vasos de agua, te interrumpen mil veces cuando hablas por teléfono, etc. Pero sí evitas amenazarle, pegarle o castigarle, algo que tampoco te va a llevar a nada bueno ni a darte una solución, estarás abriendo paso para que él sea capaz de darse cuenta de lo que le respetas y sea mucho más fácil que entienda que saltar en el sofá es peligroso.

¿Si le castigas no lo hará nunca más? Claro que sí, seguirá ocurriendo. ¿Por qué?, porque no tiene otra opción mejor que saltar en el sofá.

¿Qué podemos hacer en este caso o en uno similar?

Acercarnos a ellos con toda la amabilidad del mundo, (¿se te ocurre alguien mejor que tu propio hijo para ser amable?).

Tener en cuenta  lo divertido que es saltar para un niño pequeño en el sofá.

Acompañarle mediante el contacto físico con un abrazo o dándole la mano hacia otro lugar.

Decirle sin darle un sermón de tres horas explicando lo que puede ocurrir y actuar.

¿Y cómo actuar?
Empatizar aclarándole que entiendes lo divertido que es jugar y que a ti también te gustaría poder hacerlo pero no lo haces por ser peligroso.

Preguntarle qué se le ocurre que podéis hacer diferente. Si no quiere hablar porque está enfadado, respetarle y hacerle saber que cuando quiera retomáis la conversación para encontrar otra manera. Que le estaréis esperando para cuando se encuentre más tranquilo. Preguntándole también si quiere que os quedéis con él o prefiere estar solo. Ojo, esto no es “te quedas pensando ahí, hasta que se te pase”. Es  un “te dejo aire si lo necesitas” si no es así me quedo contigo hasta que se nos pase a ambos (probablemente, también necesites calmarte).

Ofrecerle opciones. Puedes preguntarle si quiere iniciar un juego en el que podéis saltar juntos en el suelo de la mano y pasar un rato divertido. Podéis salir al parque si necesita ejercicio y está dentro de tus posibilidades. Puedes ofrecerle distintas opciones e invitarle a que te de las suyas escuchándolas con atención. Siempre preguntando que le parecen tus opciones, sin imponerlas.

Sin enfadarnos con ellos, ni amenazar, gritar o castigar los resultados son mucho mejores para todos.

Date tiempo, es un camino más largo, pero merece la pena.

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