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Casos reales: "Mi primera vez sin rueditas"

por F. P.

Cuando era chico, junto a todos los demás niños de mi barrio, llenaba las calles de gritos montado en mi bicicleta. Con rueditas, claro, para no caerme. Recuerdo que esperábamos, casi a modo de rito de pasaje a una “pseudo-adultez”, el momento de poder manejarla sin la ayuda de esas “alas” traseras que nos hacían sentir tan felices, tan capaces, tan libres, tan vivos

Nunca voy a olvidar esa tarde cuando experimenté por primera vez esa tan ansiada libertad de aprender a manejarme solo sin la compañía de esos pequeños ayudantes traseros. Hacía mucho calor ese verano y el sol se ponía entre las casas entre ruidos de cigarras y el croar de las ranitas de alguna zanja vecina. Mi casa se encontraba sobre una pendiente desde la cual siempre me aventuraba a tirarme a gran velocidad y con total seguridad de mí mismo sobre mi amada bicicleta.

Mi madre me insistió que las quitara, que ya estaba grande y que “parecía una nena” con mis cinco años arriba de una bici con rueditas. Fueron esas palabras las que me alentaron. Estaba decidido había llegado el momento. ¡Quería ser grande y valiente de una vez! Quité las rueditas con mis propias manos y corrí hacia mi madre pidiéndole entusiasmado que me ayudara a andar sin ellas como los demás niños. Me miró con su sonrisa como de costumbre y me acompañó al zaguán de la casa junto a mi hermana mayor. Mi madre me sostenía desde atrás mientras yo pedaleaba lentamente hacia la calle. Mi hermana abrió la puerta y, sin mediar palabras, sentí con un impulso la fuerza del pie de mi madre sobre el asiento que empujó la bicicleta en picada hacia la calle. La violencia inesperada en ese acto me erizó la piel. Me agarré como pude del manillar tratando de no caer, a medida que la bici aceleraba por la pendiente. Me latía muy fuerte el corazón y lancé un grito sordo que quedó contenido en mi garganta.

Estaba tan aterrado que repentinamente perdí el control y me desplomé. Magullado, me di media vuelta y ví a ambas riéndose como cómplices de un crimen. Recuerdo esa mirada fría como de satisfacción en mi madre que hasta el día de hoy me perfora el pecho. Tenía tierra y polvo pegados al sudor de mi piel y un par de raspones en las rodillas. No entendía qué había pasado. Pero la vergüenza pudo más que el dolor en mis rodillas y me levanté con rabia. Los demás niños me observaron sin emitir juicio. Algunos seguían andando, otros me miraban con sus rostros impávidos como testigos de algo que esperaban. Quizás comprendían mi confusión, quizás su primera vez sin rueditas fue parecida. Nunca lo voy a saber

Mi madre y mi hermana, que habían observado todo desde la puerta, la cerraron tras de mí. Corrí avergonzado hacia ese lugar que creía mi refugio tratando de contener mi llanto pero habían cerrado la puerta desde dentro. Golpeé con ira, pero sólo escuchaba sus risas y el reclamo de que no volvería a entrar si no aprendía a andar sin las rueditas. Me sentí confundido, frustrado e impotente, pero fundamentalmente me sentí solo muy solo. Esa soledad que te hace entender que, si no te levantas y sigues adelante por tu cuenta, te mueres. Volví a montar la bicicleta. No sé cómo sucedió, pero tras algún trastabillo logré rápidamente mantener el equilibrio. Al fin y al cabo no era tan difícil.

Esa tarde me sequé alguna lágrima -no recuerdo realmente si pude llorar-, seguí riendo, gritando y corriendo con los demás niños. Junto con la puesta del Sol se murió algo de mi seguridad y autoestima. No puedo decir si crecí o si me detuve, pero a partir de entonces andar sin rueditas por la vida fue una tarea bastante difícil Me fui llenando de rueditas de todos los colores y tamaños para salir a la calle, para enfrentar situaciones y personas y para sobrevivir. Esas rueditas eran muy incómodas porque no me dejaron experimentar libremente. Controlaron todos mis movimientos -que nunca más volvieron a ser espontáneos, sino premeditados al máximo- y aletargaron mi marcha, que se volvió algo tediosa. Me aferré a ellas con mucho miedo y no con poca rabia no quería volver a caerme y hacer el ridículo. Pero, por sobre todas las cosas, no quería volver a caerme y, al darme vuelta, ver que ya no quedaba nadie detrás para limpiarme las heridas.

Alguna vez leí que las aves enseñan de ese modo a volar a sus polluelos. Que los arrojan al vacío desde el nido para que, en la caída, desplieguen sus alas. Para mí fue una experiencia terrorífica y cruel. Paradójicamente amo viajar, pero subirme a un avión o a cualquier otro medio de transporte siempre ha sido una tortura.

F. P.

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Etiquetas: casos reales

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