Padres

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No somos los padres que queremos ser

Los padres de hoy no somos los padres que queremos ser porque no nos está permitido serlo. Disponemos de mucha más información hoy en día que hace tiempo. Toda esa información y las ganas de mejorar como padres porque queremos hacerlo lo mejor posible hace que nos frustremos y creamos que todo lo hacemos mal. No podemos controlarnos a pesar de saber lo que está bien y mal cuando llega el momento y perdemos los papeles con nuestros hijos. La mayoría de las veces nos pasa porque hemos perdido la conexión familiar.

En muchos de los artículos publicados en el blog sobre disciplina positiva recalcamos lo importante que es estar conectados y vinculados con los niños. Es necesario pasar tiempo con ellos. Tiempo de calidad.

Compartimos parte de nuestro día con ellos, vamos a sitios juntos, hacemos viajes, salidas en familia, vamos de compras, les llevamos al cine, al parque……….., pensamos que estamos con ellos todo lo que debemos. Pero no se trata sólo de estar, sino de estar conectados con ellos, de saber qué les ocurre, qué les pasa cuando se comportan de esta u otra manera y algo muy pero que muy importante, saber qué nos ocurre a nosotros.

Hay ocasiones en las que sí sabemos qué ocurre en un momento de conflicto, pero no somos capaces de poner una solución respetuosa aunque sepamos que no lo estamos haciendo demasiado bien porque lo que queremos es que acabe ya, que el niño vuelva a su juego, que se termine el plato, o que se duerma a la hora establecida. Anteponemos nuestras circunstancias, antes que las propias que adquirimos en el momento en el que nos convertimos en padres. Queremos una solución inmediata que nos permita seguir haciendo nuestra vida. Ser padres requiere de una dedicación extra.

Nuestro día a día, poco a poco, nos ha hecho perder la vinculación que hace años se tenía con los niños. Tenemos tanto que hacer que cuando un niño tiene un comportamiento poco adecuado bajo nuestro punto de vista y que nos molesta profundamente, queremos que deje de comportarse así para volver a nuestro modo de padres “modernos” de hoy en día. Darnos cuenta de esta pequeña incompatibilidad en la que estamos sumergidos sin poder ser los padres que queremos, no es tan malo. Nos libera de esa culpa que a veces sentimos cuando gritamos o incluso pegamos a nuestros hijos sabiendo lo mal que lo estamos haciendo, para impulsarnos y poder encontrar una solución. Si sabemos qué ocurre y de dónde procede nuestro malestar podemos ponerle remedio.

Les pedimos a nuestros hijos que se controlen, que no hagan eso o aquello, que no lloren, que paren de hacer lo que están haciendo, que se porten bien, que no griten, que no se enfaden y que se controlen cuando somos nosotros los que no controlamos nuestras propias emociones y les gritamos, nos enfadamos, amenazamos e incluso pegamos.

Lo hacemos porque queremos y necesitamos niños estatuas que nos permitan llevar el ritmo de vida que se nos ha impuesto. Un niño que se porta mal no necesita gritos, ni amenazas, necesita unos padres que se pongan en su lugar, a su altura, que sientan lo que él siente, que empaticen profundamente con lo que necesita y lo que le está pasando  en ese momento. Algo que para los padres de hoy resulta más complicado. La mejor herramienta que tenemos para lograrlo, es la de cometer errores y equivocaciones, pero siendo conscientes de ellos para poder rectificar, remediar y pedir perdón cuando corresponda.

Hay que sentir lo que sienten para poder actuar con ellos como realmente necesitan. Si averiguamos lo que necesitan resolveremos muchas situaciones.

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Nosotros, como adultos, somos los que tenemos que empatizar con los niños. Ellos ya lo hacen con nosotros cuando les dejamos. Tenemos la estupenda costumbre de excluirles de nuestra vida de adultos porque son niños.  Y nosotros a su vez no entramos en su vida de niños para  saber que sienten como niños.

Está claro que de un tiempo a esta parte cada vez somos más los padres que nos damos cuenta que la educación tradicional en la que se premia, castiga, amenaza, pega y humilla para que los niños aprendan no sirve de nada, lo único que hace es separarnos y crear distancia. Por tanto, esto quiere decir que si no funciona hay que cambiar, hay que hacer otras cosas. Y si cada día somos más los padres que nos pasamos al lado de una educación basada en el respeto mutuo, en la que nuestro objetivo común es que nuestros hijos sean felices, se sientan queridos, sepan cómo actuar, sean valientes, se hagan respetar  y se tengan respeto a sí mismos y a los demás, significa que es lo que realmente funciona.

¿Qué ocurre cuando no somos los padres que queremos ser?

Es posible que en nuestra infancia hayamos tenido carencias afectivas que cuando somos padres no podemos ofrecer porque no las conocemos.

Es posible que no sepamos cómo nos sentimos porque no estamos acostumbrados a mirar hacia nosotros mismos y pensar qué nos ocurre. De aquí, que no seamos capaces de demostrar a nuestros hijos lo que sentimos, ni mucho menos saber y preguntar cómo ellos se sienten.

Es posible que tengamos tan interiorizado que los padres somos superiores a nuestros hijos que cuando llega un momento de conflicto acabamos diciendo eso de “porque lo digo yo que soy tu padre y no hay más que hablar”. Algo de lo que luego nos acabamos dando cuenta que no ha solucionado nada y la situación vuelve a repetirse.

Es posible que ni tú  mismo sepas que te ocurre pero sabes que necesitas un cambio, necesitas respirar, necesitas tiempo, necesitas soledad, necesitas compañía, necesitas comprensión, necesitas aceptar, necesitas que te acepten, necesitas aire, necesitas….. ¿qué necesitas para sentirte mejor y controlarte en esos momentos en los que tu hijo más necesita de tu amor y comprensión?, y lo más importante, ¿qué vas a hacer para conseguirlo?.

Es posible que la mochila en la llevas todos los recursos y habilidades que has ido recogiendo a lo largo de tu vida esté cerrada por miedo a equivocarte, por miedo al qué dirán, por miedo al cambio y a educar de una manera distinta a la tradicional.

Son tantas cosas posibles, hay tantas historias y tan personales, pero todas y cada una de ellas tiene su valor.

Cuando un niño se enfada tanto que explota pegando, insultando o portándose mal es sólo la punta del iceberg porque debajo de todo eso hay mucho más. Pero algo ha hecho que explote y su comportamiento haya sido tan desmesurado.  Ese niño que ha estallado también tiene una necesidad que cubrir. Puede que lo haya hecho porque simplemente le hemos dicho que no vea  más la tele. Pero cuando un niño se comporta de forma exagerada  por el simple hecho de decirle que ya no hay más tele, ese niño está comportándose así porque tiene muchos sentimientos que no ha expresado y eso sólo ha sido la punta del iceberg. Todo comportamiento tiene un objetivo. Quizás ese niño lleve toda la tarde solo frente a la tele, reclamando a sus padres para que jueguen con él, haya tenido un día malo en el cole, haya dormido poco, se encuentre mal físicamente y no haya dicho nada, etc, etc y el simple hecho de decirle se acabó la tele, le haya hecho explotar. ¿O no nos pasa a nosotros como adultos que a veces después de un mal día, una simple mirada de nuestra pareja hace que explotemos?. ¿De qué nos sirve a nosotros gritarle y luchar por el hecho de que se ha enfadado tantísimo?. Es más sano para ambos, preguntar, ponerse en su lugar, entenderle y averiguar qué es lo que ha ocurrido para que explote así. No dar por hecho que eso que ha ocurrido es porque es un mal niño y no nos tienen ningún respeto.

Para conseguir conectar es imprescindible empatizar ¿cómo?

Observa a tu hijo, qué dice, qué no dice y cómo se expresa corporalmente.

Escucha. Atentamente, olvidando tu propia opinión. Sin juzgar. Deja a un lado tu vivencia y piensa en lo que está viviendo tu hijo.

Imita su comportamiento para ponerte en su lugar. Ponte a su nivel para ver lo que él ve. Si está en un rincón cabizbajo, hazlo para sentir lo que él siente y piensa si lo que le estás pidiendo que haga, es posible. Sintiendo en tu propia piel lo que él siente en ese momento.

Pregunta, evita la interpretación. Puede que sepas lo que ocurre o puede que no, deja que te lo cuente.
En tus manos está la decisión de cómo educar a tus hijos, de cómo mejorar y de cómo sentirte mejor con lo que estás haciendo. No estás solo, somos muchos los padres que cometemos errores, pero que buscamos y sobre todo, encontramos soluciones.

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