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LA ÉPOCA EN QUE FUI CALVA Y OTRAS ANÉCDOTAS DE LA VIDA LABORAL TRADICIONAL

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Por Marcela González

Un día soñé que estaba absolutamente calva. Era una época bastante calurosa y se habían juntado dos cosas que me fastidiaban: La necesidad social de peinarme de manera conservadora y el excesivo calor que me sofocaba. Tomé la máquina rasuradora del que era mi esposo en ese entonces y la pasé por toda mi cabeza.

En esos días pasaron varias cosas: Tenía exámenes de todas las asignaturas imaginadas y además buscaba trabajo.

Calva, yo me sentía libre, tranquila. Me había quitado dos pesos de encima. No perdería más tiempo peinándome ni preocupándome por ello, y además no pasaría tanto calor como hasta ahora lo había hecho.

Me faltaron 4 o 5 décimas para aprobar una asignatura, exactamente Matemáticas. Toda la matemáticas que sabía en ese entonces, la aprendí casi a los 30 años. Es decir que antes no había aprendido nada, a pesar de haber hecho 12 años de colegio y 5 años de carrera universitaria…De todas maneras, da exactamente igual porque de las matemáticas que aprendí llegando a los 30, hoy no queda nada. Ya lo olvidé todo.

En ese momento, toqué la puerta del profesor de matemáticas para preguntarle inocentemente por qué había suspendido. Era obvio que tanto él como yo, sabíamos que me había quedado corta y que crear una conversación de tal evento era un acto de altruismo y osadía nunca antes visto.

El me explicó algunas de las soluciones del examen final para hacerme caer en cuenta de los fallos que había tenido. Yo lo miraba fijamente a él, no a los números. Me interesaba él. Me interesaba conectar con la persona que había en él porque estaba claro que las matemáticas no me interesaban.

Calva yo, mantuve una postura más o menos digna antes de pedirle que me aprobara. No había alcanzado a hacer mi solicitud cuando él me dijo:

“No te preocupes, sólo te faltaron 4 décimas. Eso yo te lo arreglo.”

Era claro que él sabía a qué iba yo, pero de ahí a que no alcanzara ni siquiera a pedírselo…La respuesta era clara: El pensaba que yo estaba enferma. 

Yo estaba calva y no tenía ningún prejuicio al respecto. Sin embargo mi profesor si. En ese momento ese prejuicio de su parte, me benefició.

***

Sentada en frente de la mesa de un arquitecto que no era arquitecto me disponía a responder todas las preguntas que él considerara pertinentes para ser contratada. Me comentó que nunca había terminado la carrera de Arquitectura Técnica pero que aún así se dedicaba a hacer planos ejecutivos para otros despachos de arquitectura.

Estaba yo en la Calle Balmes en el centro de una espectacular y soleada Barcelona, en medio de un caluroso verano, con jeans, camiseta de manga corta y sin pelo en la cabeza. 

Por mi actitud jovial le llamó especialmente la atención que tuviera un hijo de 7 años. Me decía repetidamente que cómo era posible que tuviera un hijo tan joven. 

“En mi país no es tan especial que tengamos los hijos jóvenes. Es una situación normal para mi”

Me hizo varias preguntas de tipo profesional. Me preguntó por la carrera, por las asignaturas que estaba viendo en mi nueva carrera y finalmente me hizo la pregunta que tanto quería hacerme en una ciudad absolutamente cosmopolita alimentada de cientos de culturas de todo el mundo.

“¿Por qué estás calva? ¿Perteneces a alguna religión en particular? 

Yo rápidamente le dije que no. Además me dio mucha risa. 

Me dijo:  No, no. Si no me importa, lo único que no quiero es que dejes de trabajar para ponerte en 4 a orar mirando a la Meca o algo así. Le dije: No. Voy a parar eso si, pero para tomarme el café de las 10:00 am.

Finalmente accedimos a emprender una relación laboral muy agradable en donde se me exigió constantemente usar las dos manos. Mi jefe me enseñó y me reclamó por algunos días, que debía impajaritablemente usar las dos manos en el ordenador para que fuera más ágil a la hora de hacer los planos.

Yo cedí porque era mi jefe, aunque le expliqué de muchas maneras que no necesitaba escribir los comandos si podía ubicar los iconos en la pantalla con el ratón. 

Como era mi jefe, obedecí. Hicimos muchos planos para muchos clientes.

Muy a las 10:00 am cada día sacaba yo un sandwich (bocadillo) de tal tamaño, que me tardaba unos 15 minutos en comer, claro, acompañado de un delicioso café. El me miraba con cierto resquemor, con cierta desazón. Cada vez que yo mordía, él se tragaba la saliva.

Yo le decía muy tranquilamente que esta era una de las cosas que había aprendido de los españoles: “La hora del bocadillo es innegociable”

Eso sí, decía. Casi que hubiera sido mejor que pararas a las 4 de la tarde para ponerte en 4.

No recuerdo muy bien en qué momento me desperté de tal sueño. El caso es que durante mucho tiempo seguí calva y me fascinaba. Las preguntas vinieron después cuando en algún momento yo misma comentaba que había sido una mujer calva.

A la distancia que da el tiempo, es probable que yo misma me haya llenado de prejuicios hasta el punto de visualizarme y preguntarme:

“Marcela, ¿te pasaba algo? ¿por qué estabas calva?

…No sé…probablemente solo quería hacer lo que se me antojaba y no pensaba en el qué dirán…

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