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Le hablaremos de ti

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Todos los muñecos y peluches que le regalan a Mara son aparentemente iguales. Algunos le hacen más gracia, otros menos, pero tampoco se muestra especialmente apegada a ninguno de ellos. Luego suceden cosas que no deberían suceder y un peluche normal, como todos los demás, adquiere de repente un valor simbólico y sentimental que lo hace diferente al resto, aunque a sus seis meses de vida nuestra pequeña saltamontes ni siquiera pueda ser consciente de ello.

Ese peluche, otro más pero no uno cualquiera, se lo regaló mi tía de la ventana con rejas. Vivía en un bajo, enrejado como todos, justo en la calle de detrás del piso donde yo crecí. Así que esa cercanía provocó que tanto mis primos como mi hermana o yo actuásemos muchas veces como recaderos de nuestros padres. “Llévale esto a tu tía”, me decía mi madre. “Pásate por aquí y llévate estos limones para casa”, me decía mi tía. Y esas transacciones, esos encuentros, se hacían con la rapidez que da la cercanía. A través de las rejas de las ventanas. Resquicios más que suficientes para intercambiar recados y palabras. Con mi tía. Con mis primos. Con mi tío. Esa cercanía provocaba que nos encontrásemos a menudo por la calle. En nuestra casa. O en la suya. Pero a mi me queda sobre todo esa imagen. La de mi tía tras los barrotes de la ventana de su sala de estar. Siempre apoyada en el sofá y con el sonido de la televisión y los aromas de la cocina como telón de fondo.

Ayer, después de mucho tiempo, volví a salir a la calle donde crecí un día cualquiera a primera hora de la mañana. En el barrio todo aparentaba normalidad. Han cambiado algunas cosas desde que lo dejé hace algo más de dos años, pero su esencia se mantiene. Tras las rejas de la ventana, sin embargo, ya no estaba mi tía. O quizás sí que estaba, sólo que ahora nos tendremos que acostumbrar a no poder verla. Una enfermedad maldita y asesina, contra la que llevaba años y años peleando, se la llevó cuando todavía tenía media vida por delante. Y se la llevó sin que pudiese conocer a Mara. Con la ilusión que a ella le hacía. Con lo contenta que ella estaba con la nueva pequeña de la familia. Siempre preguntando por nuestra Maramoto.

Hace ahora poco más de dos meses viajamos por primera vez a Valencia. Tres días antes, sin embargo, ella ingresó en una habitación de hospital. Le dijimos que al mes siguiente volveríamos y que ya en casa podría conocer por fin a Mara. Pero ya nunca abandonó aquella habitación. Aquel hospital. Y nunca pudo conocer a nuestra niña imantada. A Mara le quedará un peluche que parece uno más, pero que no lo es. Y las historias que le contaré yo de su tía abuela de la ventana con rejas.

Y aunque nunca te haya visto, te conocerá. Porque nosotros le hablaremos de ti, tía. Mucho. Siempre.

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Etiquetas: generalandanzas

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