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Puertas

Vivo en una casa sin medidas de seguridad: una cerradura corriente en una puerta endeble a la que casi nunca damos las dos vueltas de llave, una cadena que se abre fácilmente desde fuera y un pestillo trasladado del baño para frenar los intentos de fuga de Inés, que con dos años muestra ya un acentuado interés en ir por libre.
puertas

Por si alguien pudiera sentir tentaciones, debo aclarar que nada en el interior merece el esfuerzo de ser robado. Esto explica lo que podría parecer descuido o un exceso de confianza en el género humano; uno está tranquilo cuando no tiene mucho que perder. La falta de bienes materiales será para algunos sinónimo de fracaso vital, a mí en cambio me genera una tranquilidad que se parece mucho a la libertad. Los quebraderos de cabeza que acarrean los bienes me producen cierta pereza, quizá por eso nunca envidié demasiado a sus dueños.
Sí sentí celos en varios momentos de los que tenían hijos, pese a saber que tras su llegada se acabaría lo de abrir y cerrar las puertas de la vida con descuido y sin temor a las consecuencias. Cambiar de escenario, de compañía, de rumbo, es sencillo cuando las posesiones y los vínculos sentimentales son pocos. Si pensamos en nuestros hijos, los avatares del mundo y el futuro adquieren significados nuevos y a veces amenazantes, ninguna puerta parece lo bastante sólida para protegerles.
Hace unos días, Inés desapareció en un momento de descuido mientras volvíamos de noche a casa. Supe lo que es el pánico mientras gritaba su nombre y la buscaba en portales y calles oscuras llenas de coches. No pasarían más de treinta segundos que se me hicieron interminables hasta que la encontré tras una esquina, con sus ojos redondos mirando entre extrañados y divertidos. Un impulso raro me levantó de la cama aquella noche para cerrar por primera vez la entrada con llave, pero al hacerlo en lugar de seguridad sentí un ramalazo de inquietud: el miedo se había quedado a este lado de la puerta.

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