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1+1 son 4

¡Estamos embarazados! ¡Otra vez! ¡Para qué nos vamos a andar con rodeos! ¡Maramoto espera un hermanito! Porque será chico (salvo que el ginecólogo tenga la vista muy mal, según dijo él mismo) y se llamará Leo, que es el nombre que íbamos a poner a Mara cuando ambos teníamos el presentimiento de que iba a ser un chico. Con este embarazo ha pasado justo al contrario (pensábamos que iba a ser chica), así que ha quedado claro que los presentimientos y los vaticinios no son lo nuestro. Ni cuando tenemos un 50% de probabilidades. Imagino que por eso no echamos el Euromillón…

Y estamos felices, como no podía ser de otra forma. Aunque bien es cierto que con una felicidad distinta a la primera vez, supongo que porque el cansancio, el estrés y las rabietas no nos dejan pensar tanto en el futuro y nos tienen más atados al presente, a esa pequeña saltamontes que se ha vuelto literalmente loca con la noticia, dejándonos pasmados con su generosidad y su amor por un hermano que de momento solo intuye, porque como ella misma dice, “toavía no ha nasío“. Mientras llega ese momento, para Mara, Leo ya es uno más de la familia. La cuarta pata del banco. Tanto es así que ha cambiado su tradicional “vamos papá, mama, Mara y la tetita” por un “vamos papá, mamá, Mara y el bebé”. Tanto es así que ahora, cuando la recoge Diana de la escuela infantil, Maramoto abraza primero a su mamá, y luego al bebé (la barriga de la mamá jefa). Tanto es así que ya está ejerciendo de hermana porque, como repite últimamente a menudo, “yo ya soy mayor”.

Nos quedamos embarazados hace trece semanas. Luego llegaron los primeros síntomas. Y la confirmación del embarazo, que nos pilló en una racha de aquí te espero que nos hizo plantearnos si estábamos locos, si realmente éramos conscientes de lo que habíamos hecho, si íbamos a poder salir adelante, sólos como estamos y con una situación económica que no es la más halagüeña. Pero sé que sí, que juntos lo conseguiremos; que 1+1 son 4 y 4 ya forman una gran familia; que ya nos buscaremos las castañas para llegar a fin de mes, como lo hemos hecho siempre; que vendrán días malos y agotadores, pero que valdrá la pena. Siempre vale la pena; que bendita locura la nuestra si es por sumar un nuevo miembro a la familia; que aunque nos vamos a quedar sin más tiempo aún, no hay tiempo mejor invertido que el que dedicamos a nuestros hijos; que bienvenido sea el cansancio si Leo multiplica por dos el amor y la felicidad que cada día nos regala Mara.

La semana pasada, tras la visita al obstetra, la mamá jefa y un servidor nos fuimos a comer juntos. Y solos. Creo que era la primera vez en dos años y medio. Y se nos hizo raro poder hablar con tanta tranquilidad, comer sin tener que estar en estado de alerta. Fue la primera vez desde que tuvimos noticia del embarazo que miramos al futuro, a lo que se nos viene encima, al reto apasionante que nos espera a partir de noviembre. Fue una conversación reparadora, de las que cargan las pilas. Luego fuimos paseando cogidos de la mano.  Felices por volver a ser papis. Con la seguridad de que mientras esas manos sigan unidas, no hay barrera que juntos no podamos saltar. Así llegamos a la escuela infantil a recoger a  Mara. Salía contándole a una de sus profes que iba a ver a su bebé. Le dijimos entonces que va a ser un niño y que se llamará Leo. Ella lo abrazó con fuerza en la barriga de su mamá. Dentro de seis meses será una hermana maravillosa. Definitivamente, ella ya es mayor.

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