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En esta casa no castigamos



Antes de ser madre estaba convencidísima de cómo iba a educar a mi hija:

La dejaría llorar en la cuna, en su habitación, para que no se acostumbrara a los brazos y aprendiera a dormir.

Le daría biberón para que su alimentación no dependiera solo de mí y aprendiera a relacionarse con los otros desde bien pequeña.

Y también, y casi lo más importante, moldearía su comportamiento con un sistema claro de normas y límites, en el que habría consecuencias sistemáticas, es decir, castigos y recompensas.

Es lo que me habían enseñado en la facultad de psicología, y en lo que creía. Como muchos.

Claro, hasta que gesté a mi hija, la tuve encima por primera vez, y me hizo conectar con algo muy profundo, donde esa forma de educar a lo "supernanny" que me sabía de requetememoria, no tenía ni pies ni cabeza.

Tuve suerte de encontrarme con las personas, los libros, y los ejemplos que me ayudaron a entender las necesidades genuinas de mi hija (ya te conté algo de esto aquí), y me permitieron adentrarme en el viaje más apasionante de mi vida, la crianza consciente (o como quieras denominarla).

Por eso, en esta casa no castigamos, ni usamos las recompensas como moneda de cambio.

Esto no es fácil. Lo fácil es soltar un "si no te lavas los dientes, mañana no te bañarás en la piscina", o "si te comes las lentejas, podrás comerte un flan de chocolate de postre".

Todos sabemos que castigos o premios de este tipo, en un momento de prisas y enfado, suelen funcionar.

Bueno, funcionan a corto plazo y siempre que estemos vigilantes, claro.

La realidad es que no sirven para educar.

¿Por qué?

Inspirada por la psicóloga Laura Díaz de Entresotos, que es una experta en crianza respetuosa y con apego,  y que hace poquito tuve oportunidad de conocer, podemos decir que:

Junto al castigo (o la recompensa) no hay ninguna enseñanza

Por eso, si a mi hija la obligo a compartir sus juguetes, mi hija obedece, pero no aprende a ser generosa.

Si a mi hija la obligo a pedir perdón, mi hija obedece, pero no aprende a ser compasiva.

Si a mi hija la obligo a recoger su habitación, mi hija obedece, pero no aprende a ser ordenada.

Y como estos ejemplos, cientos.

El niño se vuelve más egocéntrico

Quizás este sería "la enseñanza" real que viene asociada al sistema de castigos y recompensas; Provocamos que el niño/a se centre en sí mismo, en el "qué gano o pierdo yo" haciendo lo que me exigen mis padres.

En pocas palabras, estamos educando niños egoístas.

Tiene consecuencias emocionales

Si aplicamos el castigo, aunque nos parezcan pequeñas cositas sin importancia (como dejarle sin tele, o sin ir al parque), generamos siempre reacciones emocionales basadas en el miedo, la ira, la frustración, la impotencia.

Crecer con este caldo de cultivo diario provoca, como mínimo, dificultades para concentrarse. Y luego muchos padres se preguntan por qué a su hijo/a les cuesta aprender, o tienen dificultades en el cole,?

También explica por qué muchos niños/as a medida que crecen se retiran emocionalmente de su familia. Son aquellos adolescentes que no muestran comunicación, ni intimidad emocional, ni permiten un conocimiento mutuo.

Por otra parte, si aplicamos la recompensa para conseguir conductas deseadas en nuestro hijo/a, le enseñamos a que se mueva  por el mundo buscando siempre las motivaciones extrínsecas (de fuera de sí mismo)  y dependerá de ellas.

Esto a la larga lo que provoca es que crezca con una autoestima muy frágil, que viva con angustia el fracaso y que siempre vaya a lo seguro, a lo fácil, sin capacidad para afrontar riesgos. ¿Te suena de algo?

Además, cuando retiramos las recompensas, el niño/a lo vive como un castigo.

El niño/a se siente controlado

Los niños tienen una necesidad, yo diría también que un derecho, de ser autónomos.

Nosotros mismos podemos experimentar esto. Cuando nos hacen obedecer, cada célula de nuestro cuerpo se resiste. Y cada vez que obedecemos, lo vivimos, conscientemente o no, como una derrota.

Esto, puede afectar a cómo nos relacionamos después con los demás y con nuestro entorno.

Párate a pensar un momento, ¿cómo se relacionan los niños sumisos y obedientes? ¿Parecen libres, satisfechos y felices? ¿Tienen iniciativa, son activos y líderes?

Pero ahora me preguntarás, ¿entonces, cómo lo hago? ¿Cómo puedo hacerle entender a mi hijo que tiene que irse a la cama? ¿O que tiene que lavarse los dientes? ¿O que debe recoger su habitación?

Creo que lo más importante es cambiar las preguntas por: ¿Por qué no se quiere ir  a la cama mi hijo? ¿Qué necesita? ¿Y cómo puedo ayudarle?

Solo con este cambio de enfoque muchas veces te das cuenta de cuál es la necesidad que está expresando el niño y es mucho más fácil encontrar la manera de resolverlo.

Es posible educar sin castigar, ni premiar. Hay alternativas. ¡Muchas! Para empezar, aquí tienes un artículo con 20 alternativas al castigo de la web de Laura Díaz de Entresotos que seguro que será revelador.

Y si tienes alguna pregunta o duda, ¡te espero en los comentarios!






«Educar es formar personas aptas para gobernarse a sí mismas, y no para ser gobernadas por otros ? Herbert Spencer>>

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