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Mamá, ¿juegas conmigo? Cómo acompañar el momento de juego

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Para jugar es necesario interrumpir el orden, lo cotidiano, a veces las normas, cambiar el sistema de las cosas y aceptar uno nuevo, creado, inventado, entender que los objetos pueden tener otra función.

Y esto como adultos nos cuesta.

Junto a Casiana Monczar de Joguines Grapat queremos reflexionar sobre por qué nos cuesta como adultos atender las demandas de juego de nuestros hijos y qué hacer con ello.

Cómo nos relacionamos los adultos con el juego infantil

Jugar es establecer una relación diferente con un mundo diferente, en ocasiones inventado, con otros tiempos, una relación abierta donde todo es posible, sin hoja de ruta.

Y para nosotros los adultos, con nuestra agenda, nuestros quehaceres, compromisos y nuestra falta de tiempo, esto puede ser difícil, incluso angustioso.

En nuestro mundo adulto lo cotidiano nos brinda unos límites aseguradores, sabemos qué debemos hacer a cada minuto, y la falta de este contexto puede ser algo demasiado abierto, demasiado inabarcable.

Si encima nuestros hijos nos invitan, nos demandan que inventemos, la cosa puede ser más compleja aún…

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Hacer de cuenta que somos el pirata patapalo, una princesa o un gatito… puede ser más difícil que seguir una receta de cocina desde un blog.

El pensamiento no concreto, el mundo de la fantasía nos suele resultar inaccesible y un gran esfuerzo… ¿Qué hacemos entonces? Nos quedamos fuera del juego, o hacemos ver que jugamos.

Pero los niños juegan, se dan por completo a ese mundo que inventan, y cuando los adultos hacemos como que jugamos, el momento lúdico pierde el sentido, deja de ser una historia compartida, y nuestros hijos lo intuyen de lejos y no se sienten colmados ni satisfechos.

¿Por qué es más fácil cuando hay normas en el juego?

Nos resulta más fácil jugar desde el límite que nos contiene cuando hay normas en el juego, mucho más que hacer de policía o de elefante.

La mayoría de nosotros/as nos sentimos más cómodos leyendo un cuento que tenga texto que uno que no lo tenga.

Nos parece más sencillo jugar con nuestros hijos en soledad que en presencia de otros adultos.

También preferimos hacer una manualidad o juego de mesa que inventarnos un viaje en balsa por el océano…

Pero ¿por qué?

Quizás porque inventar, crear, es un terreno amplio y vacío, y sin embargo las normas de un juego de mesa, las palabras de un cuento, nos aseguran esos pasos que debemos dar cada minuto, y esa hoja de ruta, esa secuencia de instrucciones, nos hace sentir que somos parte del mundo, de este mundo concreto. Y eso nos da seguridad.

En cambio, lo relativo a la fantasía y la invención nos saca de ese terreno conocido, y cuánto menos podemos sentirnos frente al vacío.

Qué podemos hacer para acompañar el momento del juego

Cuando lleguen esos momentos compartidos en que los niños nos reclaman y nos proponen que nos unamos a sus juegos, podríamos parar, detenernos un momento y mirar para adentro.

Podríamos entonces preguntarnos en voz baja:

¿Dónde estoy? ¿Estoy aquí o tengo la mente en otro lugar?

¿Tengo ganas de jugar?

¿Puedo dedicar tiempo a jugar?

¿O algo de la vida cotidiana no puede esperar (lavadoras, preparar la cena, la compra, trabajo…)?
Puede que la propuesta que nos hagan no nos apetezca o no sea de nuestro agrado, deberíamos en ese momento darnos permiso para decidir si jugamos o no y poder expresarlo.

Porque muchas veces nos ocurre que les proponemos otra actividad, que nos guste o convenga más, pero debemos entender que para un niño/a el impulso de jugar le nace desde dentro.

Cuando le ofrecemos otra opción más concreta, desde fuera, puede que el niño/a la acepte porque quiere o necesita nuestra presencia, pero no deja de ser una propuesta externa que no alimenta ni facilita su juego libre y verdadero, ese que precisa ser desarrollado y respetado.

Expresarnos desde el Yo

Por eso, desde el respeto hacia nosotros mismos/as y hacia ellos, es mejor verbalizar cómo nos sentimos, lo que nos pasa y lo que podemos ofrecer en este momento, siempre hablándoles desde la primera persona.

Quizás podamos decirles:

Tengo un ratito cortito para jugar.

Me encanta tu propuesta, si llega papá y se ocupa de la cena podremos jugar un buen rato.

Me gusta tu propuesta y tengo ganas de jugar, la ropa la dejaré para mañana.
O en contrapartida, expresar lo que es más difícil de escuchar para los niños: Ahora no me apetece o  ahora no puedo.

Cuando no vamos a jugar es preferible que reciban la negativa desde el yo y no desde aquellas responsabilidades exteriores que atribuimos a la vida.

Es mejor y más honesto decir Yo ahora no juego, me iré a preparar la cena que Hay que hacer la cena.

Porque cuando hablamos desde el yo, esto nos conecta con nuestra verdad, con nuestro deseo o necesidad y podemos ser más auténticos/as, con todo lo que supone como ejemplos a seguir que somos por el simple hecho de ser sus padres y madres.

Rebeca Wild (la famosa autora del libro Educar para ser, te hablé de esta autora aquí) explicaba una vez que una madre le contó que su hija le pedía que se arrastrase por el suelo como un perro y ella lo hacía pero como haciéndole un favor.

Rebeca le preguntó: ¿cómo te sientes siendo un perro?

La madre contestó que se sentía bien durante un rato pero cuando ya no quería jugar más su hija se enfadaba, así que hago como si me estuviera divirtiendo.

Wild explicaba entonces que cuando un adulto hace como que no supone ningún acompañamiento óptimo para el niño/a, porque los niños no hacen como que juegan, sino que verdaderamente juegan.

Y si participamos en su juego de manera forzada, los niños lo perciben y a menudo hacen sus propias interpretaciones (mamá se aburre conmigo, mamá no me quiere,…).

Una alternativa cuando no nos apetece jugar…

Así que es preferible no jugar obligados, es mejor decirles como propone Rebeca Wild: Yo no quiero jugar, pero estaré contigo y te estaré mirando.

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Y entonces  acomodarse a ver el niño/a cómo juega pero estando verdaderamente presente, atentos con lo que nos expresa y muestra en el juego. Sin analizar, simplemente mirar, disfrutar y ver qué me pasa a mí cuando observo su juego.

En este observar a un niño que juega podemos acercarnos a la idea de lo que significa la palabra presencia, una idea algo compleja de entender para nosotros como adultos.

Un niño que juega está totalmente presente, y si nos detenemos a observar podemos nutrirnos de esa experiencia y tener una gran lección de vida. En ese estar disponibles mirándolos se genera un ida y vuelta, por un lado estoy disponible para él, por el otro estoy teniendo una gran lección de qué significa estar presentes.

Quizás aparezcan diferentes sensaciones: ganas de intervenir para corregir, para opinar, para enseñar o hacer propuestas, puede que sintamos la necesidad de decir algo para hacer ver que estamos presentes,… ¡Bienvenidas sean todas las sensaciones! Forman parte de ese aprendizaje que supone sentirnos cómodos en compañía de nuestros hijos.

Estar presente acompañando el juego

Y si lo hacemos, si conseguimos estar con esa  presencia verdadera, mirada, atención, es decir estar presente con el cuerpo, la mente y el alma (sin móvil, pensamientos u otras distracciones), nos daremos cuenta que ya no es necesario ocupar un lugar activo en el juego.

Veremos que esa demanda de jugar seguramente traía una necesidad de presencia y cercanía, y si nos tienen, aunque sea un ratito, pero de verdad, se sienten colmados y seguros para poder sostener su propia propuesta de juego con ellos mismos, con sus hermanos o en un grupo de iguales.

Cuando estamos en ese estoy aquí, te estoy mirando, puede que levanten la vista para comprobar que ESTAMOS, o que nos expliquen que su pirata ya ha llegado a la isla desierta, en esos casos, tal vez solo es suficiente con asentir con la cabeza (como hablábamos en cómo acompañarles en el silencio), o una sonrisa cómplice, para que ellos puedan volver a su juego.

Si lo haces, comprobarás que muchas veces esta cercanía verdadera ya les da la seguridad para poder continuar.

Darnos la oportunidad de jugar y re-conectar

Pero a pesar de todo, podemos en algún ratito concedernos el tiempo y el espacio para entrar en su juego libre, sin inhibiciones, explorando esas sensaciones que nos provoca la inventiva, superando las barreras y dejándonos llevar.

Como dice Evania Reichert (te hablé de ella aquí) es una oportunidad de re-conectar, con nuestra niña/o interior, con nuestro propio deseo olvidado, con nuestro impulso interno y qué mejores guías que nuestros hijos que están completamente abiertos y conectados con el universo y consigo mismos.

Quizás  descubramos que generar vínculo con ellos de esta manera es muy placentero y nos permitamos entonces contactar con ese entusiasmo del que habla André Stern, esa disposición espontánea que se despierta con el juego y que se pierde fácilmente en la edad adulta, pero que es el motor que nos mueve a las personas a hacer grandes y pequeños logros y nos regala momentos de felicidad.

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Sobre esto expresa Casiana:

Cuando a pesar de todo consigo entrar y compartir el momento lúdico y jugar con ellos desde el alma, en un espacio honesto y sosegado, puedo asegurar que toco el cielo con las manos,  y me entrego a momentos amorosos y llenos de belleza compartida.

Me despojo de juicios, dejo de sentirme vulnerable. Conecto con mi yo niña, con la alegría, el alboroto, el dejar salir sonidos fuertes y movimientos inocentes… Disfruto porque he decidido compartir con ellos, cuando todo está ahí dado para que haya encuentro entre las necesidades de todos, os aseguro que nada puede sacarme de ese lugar bello y florido.

Podríamos cerrar este artículo con algunas preguntas para reflexionar entre todos:

¿Nuestros hijos nos reclaman mucho para jugar?

¿Qué pasa cuando no tenemos ganas? ¿Nos atrevemos a expresarlo?

¿Cómo nos sentimos cuando jugamos a pesar de no tener ganas de hacerlo? ¿Nos sentimos violentados? ¿Incómodos? ¿Acabamos enfadándonos por razones que nada tiene que ver con lo que allí acontece?

¿Cómo nos sentimos cuando podemos expresar lo que nos pasa y acompañarles desde este lugar honesto?

Las fotos de este post incluyen materiales de Joguines Grapat, puedes encontrar una selección en nuestro Atelier.

Qué bueno resulta sentarse (o correr) con los niños, sin proyecto, simplemente para sentir cómo pasa la vida por nuestro interior. – Isabelle Filliozat

Aguamarina

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