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La pre madurez a los 9 años

Siento estar viviendo con mi hijo algo que podría ser madurez a los 9 años. Pero como se que a esa edad no se madura todavía, y que de hecho aún le queda mucho por vivir para ello, creo que es más acertado llamarlo pre madurez. La verdad es que, con todo lo que he leído sobre maternidad y crianza en los primeros años, confieso que no he hecho lo mismo con respecto a la infancia tardía. Mal hecho porque, como digo más veces de las que me gustaría, a más crecen los hijos, más crecen los problemas. Sin embargo, ahora mismo siento que estoy en una especie de balsa de aceite con mi hijo mayor. Por eso creo que está atravensando una pseudo madurez a los 9 años que tiene. Mi mayor siempre ha sido un niño bueno. Bueno de corazón, de sentimientos, incluso de acciones. Vamos, que no ha sido niño de hacer trastadas, nunca ha tenido episodios de pegar, morder o acciones similares que de vez en cuando se da en los niños, ni ha tenido un ápice de “mala leche”. Pero siempre ha sido un niño tremendamente impulsivo y totalmente incapaz de canalizar un exceso de energía que se lo ha comido, literalmente. Excesivo en sus emociones, a la hora de sentirlas y de expresarlas. Si te quiere te da un abrazo, pero no un abrazo tierno, sino un abrazo de esos que sin querer, casi te parten el cuello. Si se alegra de verte, te saluda efusivamente casi tirándose encima de ti. Si algo le alucina, le encanta o le divierte, lo grita a toda voz. Si está nervioso, inquieto, impaciente, ilusionado, grita, corre, salta, pierde totalmente el control sobre su cuerpo. Esto ha sido muestra principal fuente de problemas desde, que yo recuerde, sus 3 años, aproximadamente. Más bien, desde que comezamos a sospechar que era un niño de alta capacidad intelectual, ya que la impulsividad y la sensibilidad emociona son rasgos que se dan en las altas capacidades. No hemos sido capaz de redirigir esos comportamientos y reacciones de una manera más tenue, menos chocante en general, que no le afectara tan negativamente tanto a sí mismo como a todo su entorno. Porque nos ha afectado a todos. Como madre ha sido desesperante porque, conociendo a mi hijo en todas sus virtudes y defectos, hay momentos que he llegado a creer que realmente cruzábamos la linea del mal comportamiento, por que sí. Aún sabiendo que no era así. Pero lo más desesperante ha sido ver que él sufría por ello, porque ese comportamiento o reacciones no partían de su propia voluntad, sino que era imposible de controlarlo, y a él también le frustraba. Sobre todo por ser el objeto directo de sus consecuencias: se apartado, ignorado, considerado como un niño de mal comportamiento por sus profesores, compañeros, otros padres, amigos. No quiero decir que ahora de golpe y porrazo se haya resuelto por arte de magia. Pero sí noto que mi niño se ha aplacado y, además, está tomando mucha más conciencia de sí mismo, su entorno, su responsabilidad todo lo que su comportamiento conlleva. Hace unos días te contaba cómo logré que mis niños se involucren en las tareas del hogar. Y en gran medida ha sido gracias a él. Esta pre madurez que ha brotado en su cabeza le ha hecho ser sensible a nuestra situación familiar. Papá lejos, un hermanito pequeño que requiere más atención y cuidados, mamá sola con los tres intentando llegar a todo. En estos días nuestra rutina familiar se ha dado un poco la vuelta porque papá ha vuelto para pasar unos días con nosotros. Ayer, además, fue mi cumpleaños. Y yo, que le doy muchas vueltas a la cabeza, no puedo evitar ciertas reflexiones que me surgen mientras contemplo a mis hijos en cualquier momento sencillo y cotidiano. Ayer precisamente pensaba, mirando a mi mayor, que él es la persona que más me cuida, que más se preocupa por mi. No se qué me pasó pero a pesar de ser un buen día, de fiesta y celebración, se me cortó el cuerpo y me sentí bastante mal, tanto que al llegar a casa no pude mas que acostarme en el sofá. Él me vio y enseguida cogió una manta para taparme. “Mamá, debes aprovechar ahora que papá está aquí para descansar, que estando tú sola con nosotros trabajas mucho y no paras. Te mereces descansar y que te cuidemos”. Y ¿sabes qué pensé? Que con todos los adultos que me rodean y pueden hacer que mi vida sea algo más fácil, al único que se le ocurre decírmelo e intentar hacer algo por ello es a mi hijo de 9 años. Cómo no voy a estar orgullosa y morir de amor por él. Se que no lo dice por decir, es sincero y lo hace, de corazón. Pero no es por eso que siento esa madurez a los 9 años que tiene. Es algo que percibo en general, con respecto a sus responsabilidades en el colegio, con las actividades extraescolares que él mismo ha decidido realizar, con respecto a sus hermanos y nuestra vida en familia. Es como si en unos meses hubiera crecido años, de repente. No confiaba que esto pudiera pasar. Acabamos el curso bastante desbordados, teniendo en cuenta que el curso no ha sido fácil en sí mismo. La marcha de su padre, problemas con compañeros en el colegio, un cóctel explosivo en un niño de emociones de por sí desbordantes. Sufrimos mucho, la verdad, aunque siempre intentamos salir adelante y buscar soluciones. Pero sufrimos, es innegable. Ahora lo veo más tranquilo. Claro que sus emociones siguen siendo como el champán y, según como se descorche la botella, se desborda o se diluye. Pero por lo general, es más habitual lo segundo, que lo primero. Lo veo más pausado en general, a la hora de interactuar, en sus relaciones personales y sociales, al igual que en casa. Se ha hecho cargo […]

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