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Valiente au pair

Lloraba mientras hacía la maleta. No sabía si lo hacía por miedo o por entusiasmo. Lo que estaba claro es que no podía parar de pensar en todo. Respira hondo, todo va a salir bien.

Llegó a una casa preciosa bajo un cielo grisáceo londinense. La familia, formada por dos críos pequeños y dos padres adinerados, la recibió con los brazos abiertos. La habitación no era tan bonita como esperaba, pero digamos que podía darse por satisfecha; conocía otras au pair que dormían en cuartos diminutos o sin ventanas. Su habitación era pequeña pero acogedora, con el tiempo sería espacio para relajarse y conectar con toda la vida que había dejado en España.

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El primer contacto en familia fue bien, le enseñaron todo, le ayudaron con lo básico. Al principio estaba nerviosa hasta que con el tiempo todo se va normalizando. Si algo no te gusta, pide cambiar de casa, no te has ido tan lejos para pasarlo mal.

La relación entre padres e hijos es vital. En la mayor parte de los casos son padres con largas jornadas laborales. Su contacto con los hijos es escaso y el cariño llega a través de un montón de regalos que no necesitan. El más pequeño, con apenas 5 años, tenía un Iphone. No tenía claro para qué servía y se pasaba el día dando a los botones para alimentar a su Pou. Por eso, muchos se vuelven egoístas y materialistas. A los niños les cogió mucho cariño, qué culpa tendrán ellos. Hacían sus travesuras pero no dejaban de ser niños, no son máquinas y ni mucho menos son perfectos. Ojalá sus padres fueran conscientes de eso.

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El problema llegó cuando los padres dejaron de conformarse y empezaron a pedir más de lo acordado. En la entrevista por Skype hablaban de un light housework, tareas de limpieza relacionadas con los niños (hacerles la cama, recoger sus juguetes, etc). Pero, con el paso de los días, eso se convertiría en pasar el polvo del salón, cocinar, y la lista no hacía más que crecer. En la entrevista inicial con los padres, es importante que se comprometan a no exigirte más de lo acordado. No eres ningún servicio de limpieza.

Cuando los padres tenían días libres (poco habitual) quedaban con amigos y los hijos de estos. Algún día cambiaba los planes porque los padres necesitaban su día libre. Está bien echarles una mano pero, que no se aprovechen. Y, hablando de planes, hizo muchos, muchísimos. Nunca olvidará a  todas esas au pair que, como ella, aguantaban lejos de sus familias, se desenvolvían en otro idioma, y tenían una paciencia infinita. Sería bueno que, cuando hablaran de todas las personas que se han ido fuera para buscar algo mejor, se acordaran de ellas.

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Finalmente, la situación se enturbia. ¿El problema? Los niños lo único que quieren es pasar tiempo con sus padres. Y ante la poca iniciativa de estos, los niños se comportan mal para llamar la atención de los padres, que, simplemente, no lo quieren ver. Que exigen más de la cuenta, o que no te tratan como deberían. Unas se quedan todo el tiempo, otras se van antes de lo previsto porque no aguantan más. Otras se vuelven con el alma en pena, también hay muchos tipos de familias. Pero normalmente, vuelves pensando en los niños. Los echarás de menos.

Trabajar de aupair es una gran oportunidad para aprender un idioma y manejarte lejos de casa. Si las cosas salen bien, una de las mejores experiencias de tu vida. Para los que no pudieron viajar, una forma de aplacar sus frustraciones y para los que no encuentran trabajo, una decisión para seguir aprendiendo sin dejarse los ahorros en más estudios.

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En el caso de la protagonista, se fue antes de la fecha acordada. Esta historia está basada en muchas otras que he recibido. Gracias a todos por participar. Y no nos olvidemos de ellas y ellos, para pedir más compromiso a las agencias, mejores sueldos y una paga mínima de las horas extra, más becas para tener otras posibilidades para estudiar un idioma fuera o hacer intercambio intercultural.

Y si te pide que friegues los baños, márchate. Por haber ido, no te vas a arrepentir.

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