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Viaje al origen de todo



Hace unas semanas le pedí a Laia Arboleda, responsable de comunicación de la editorial amiga ING Edicions que nos escribiera un artículo para explicarnos su reciente viaje al Goetheanum (en Suiza), el edificio más emblemático de la pedagogía Waldorf y de la Antroposofía. Todas las personas que conozco que han tenido la oportunidad de hacer este viaje, han vuelto transformadas y quién mejor que ella, con su experiencia como mamá waldorf, su formación y su capacidad comunicativa para hablarnos de ello. ¡Mil gracias Laia! Algún día haré este viaje.

▼▼▼

Hola. Soy Laia. Diría de mí que, por este orden, soy madre, persona y, como todos, ser humano en devenir. Tengo 38 años y me siento en ese momento de la vida en el que ya me toca hacer algo por el mundo. ¿Algo? ¿Qué? ¿Es que acaso no he estado haciendo nada hasta ahora?

¿Por qué resuena tan profundamente en mí este pensamiento? En cualquier caso, algo ha venido a tocar a mi puerta y me aprieta para que lo descubra y lo baje de la cabeza, lentamente pasando por el corazón hasta terminar en una acción hecha con amor.

Y mientras voy pensando en algo, la vida sigue corriendo: sigo con mi trabajo, con mis quehaceres diarios, con mis relaciones, trabajo para resolver mis problemas, mejorar lo que no me gusta, trato de ver cómo puedo prepararme para las nuevas etapas que me vienen como madre, cómo puedo ser útil en aquellos proyectos en los que creo… En definitiva, haces haces haces y resulta que algo ya ha empezado a ocurrir.

Y una parte de algo es justamente este artículo que tan amablemente mi admirada Aguamarina me ha pedido que escriba para compartir, de su casa al mundo, mi viaje personal al origen de todo. Mi viaje al Goetheanum (Dornach, Suiza), la sede de la Antroposofía —“sabiduría del hombre”—, que es la filosofía madre de la Pedagogía Waldorf creada por Rudolf Steiner.

Sobre Rudolf Steiner y la pedagogía Waldorf



Rudolf Steiner (1861-1925), filósofo, escritor, profesor de la Universidad Popular de Berlín, investigador de la obra científica de Goethe y conferenciante, formó a los maestros de la primera escuela Waldorf en la fábrica de cigarros Waldorf-Astoria de Stuttgart, Alemania. Escuela que se inauguró el 7 de septiembre de 1919 y que se creó atendiendo la petición de los propios trabajadores de la fábrica a los que Steiner impartía conferencias.

Bajo las indicaciones de Rudolf Steiner, en los años veinte se abrieron más escuelas en Alemania y en otros países de Europa, como Holanda, Gran Bretaña y Francia. Sin embargo, la subida al poder del nacional-socialismo cortó de raíz este movimiento pedagógico y a partir de 1938 comenzaron a cerrarse muchas de las escuelas ante la persecución del régimen nazi. Al terminar la Segunda Guerra Mundial se reconstruyeron algunas de estas primeras escuelas y otras muchas fueron creándose por el centro y norte de Europa y por el resto del mundo. Hoy en día hay más de 4.000 centros educativos de todos los niveles de enseñanza en todo el mundo, de Educación Especial, comunidades para adultos con discapacidad (Camphill), etc.

En España, la Pedagogía Waldorf llegó en los años 70 y hoy tenemos más de 70 centros de Educación Infantil, 13 escuelas de Educación Primaria y 6 de Educación Secundaria y Bachillerato.

100 años de pedagogía Waldorf

El próximo año se celebrará en todo el mundo el centenario de la Pedagogía Waldorf-Steiner, que se está organizando a nivel mundial y colaborativo bajo el nombre Waldorf100.

Cómo descubrí la pedagogía Waldorf

Una vez contextualizados, os quiero hablar un poco más sobre mi relación con esta pedagogía y mi interés por sus orígenes. Descubrí la Pedagogía Waldorf cuando mi hija tenía tan solo 5 meses.

Todavía recuerdo el vuelco que dio mi corazón cuando una persona conocida me habló de la escuela a la que llevaba a su hija. Desde ese momento supe que esa de la que me estaba hablando sería también nuestra escuela. A pesar de eso, hasta los 6 años no pudimos entrar a la Escuela Waldorf-Steiner El Tiller, en Bellaterra (Barcelona) por múltiples razones. Pero eso mismo fue, en gran parte, “la gracia” de todo. El trabajo tan potente que tuvimos que hacer como padres, como personas, en nuestra vida, con la organización de nuestras prioridades, descubriendo nuestra auténtica verdad como seres individuales, afrontando con coraje esta verdad a pesar de todas las fuerzas opositoras, y aprender a hacerlo desde la comprensión, la paciencia, el amor…

Y es que como seres humanos, cuando la vida nos lo pone difícil es nuestra gran oportunidad para desarrollar cualidades y conquistar nuevas virtudes en uno mismo. Y eso
conlleva descubrir que cuando uno realmente se compromete con algo, entonces ocurre la magia y todo se va poniendo poco a poco en su nuevo sitio. Para mi esto es lo que verdaderamente significa llevar a un hijo a una escuela Waldorf. Nuestra autoeducación.



Estos casi diez años de maternidad, como no podría ser de otra manera, han sido mi gran escuela de vida. He hecho formaciones de Pedagogía Waldorf (incluyendo prácticas de maestra/madre), de Antroposofía, me he lanzado a la pintura desde el diálogo con el color, he estado en diversos grupos de estudio, formo parte de la Casa Rudolf Steiner de Barcelona, colaboro en diversas iniciativas relacionadas con la difusión de la Antroposofía y la Pedagogía Waldorf, he transformado mi profesión y actualmente trabajo en un proyecto vinculado a la pedagogía…, entre otras cosas.

Tenía claro que algún día quería conocer más sobre el origen de todo esto que había cambiado tanto mi vida, y cuando estas pasadas Navidades apareció la oportunidad de viajar al Goetheanum, no dudé. Quería ver y conocer de primera mano la semilla de lo que hoy está irradiando en todo mundo a través de la multitud de iniciativas, no sólo en el campo de la pedagogía, sino también de la agricultura biodinámica, la medicina, la arquitectura, la banca, la euritmia, el arte, etc. Todas ellas disciplinas desarrolladas a partir de la Antroposofía, al igual que la Pedagogía Waldorf.

Mi viaje al Gotheanum



Y aquí viene mi viaje.

Os tengo que decir que lo que Rudolf Steiner describe en sus libros y conferencias, allí se puede ver, sentir, vivir no en palabras sino en realidad. Es difícil de explicar y de entender, soy consciente de ello, pero trataré de hacerlo con algunos ejemplos.



Me centraré primero en el propio edificio del Goetheanum (llamado así en honor al poeta y científico Goethe). Con esta construcción (cabe decir que el actual es el segundo Goetheanum, puesto que el primero se quemó), Rudolf Steiner creó el estilo de arquitectura orgánica, es decir, un estilo en el cual -de la misma forma que una planta- cada parte, cada forma, cada color está en estrecha relación con el todo, y que este todo se refleja también en los elementos individuales.



Un detalle que me impactó, por ejemplo, fue la sutil orientación de las escaleras que te llevan al segundo piso. Al llegar a éste, tus piernas deciden solas cruzar en diagonal el hall para coger las escaleras del lado opuesto para seguir subiendo. Como decía Steiner, unos y otros nos vamos cruzando por la vida (o las vidas) y luego nos volvemos a separar para seguir cada uno su camino.



También este cruce en los caminos de cada uno, nos da la oportunidad de trabajar lo social, de encontrarnos con el otro y, en consecuencia, con uno mismo. Esta relación la vemos por supuesto también en su visión del ser humano, el núcleo fundamental de la Pedagogía Waldorf.

Está claro que el viaje a un lugar no iba a quedarse solo en el mero hecho físico de ir a ese lugar sino que, por supuesto, vino envuelto de un montón de cosas más. La que más destaco fue el grupo de personas que se formó para hacer este viaje. Detalles a parte, la vida se las ingenió para crear un abanico bien heterogéneo de personas de diferentes edades, nacionalidades, profesiones… Eso sí, todos unidos por un mismo palpitar del corazón. Desde mi hija, que era la más pequeña con 9 años hasta uno de los grandes divulgadores de la Antroposofía en nuestro país con sesenta años, pasando por una familia de maestros Waldorf de Chile, un elenco de 4 exalumnos Waldorf alrededor de la treintena, una impulsora de la banca ética y una servidora.

Qué bonito fue poder ver a “niños Waldorf” ya insertados en el mundo (¡esa pregunta que sale en todas las reuniones!), con trabajos con una profunda implicación en la renovación social, personas verdaderamente comprometidas con el mundo más allá de sus intereses puramente personales.

Por no hablar de los maestros, con los que reafirmé la importancia de la Comunidad Educativa como clave de la pedagogía, esa enorme tarea de todas las escuelas Waldorf. De todos ellos, y en especial de la persona que nos acogió para poder realizar este viaje, lo que más aprendí fue el verdadero significado de la palabra compromiso por un mundo mejor. Porque ver el compromiso no es lo mismo que hablar del compromiso.

Para hablaros del gran mensaje que me llevo de este viaje y que os quiero compartir porque me parece que es en realidad lo más importante de todo es que, como sociedad, tenemos que aprender a trabajar desde lo vivo para que el mundo pueda avanzar y podamos, algún día, devenir seres humanos (y hacer honor al término). Debemos procurar no basarnos en pensamientos secos, planos, muertos, que vienen del pasado, sino abordar todos los temas de la vida desde la verdad, desde la vivencia, desde la escucha, para poder dejar entrar todo lo nuevo que debe venir.



Eso requiere más esfuerzo de lo normal en muchos casos pero a la vez es mucho más estimulante y alentador, como los que estamos trabajando para mejorar la educación de nuestros hijos y que seguimos este blog.

No nos hemos conformado con lo que se nos presuponía para nuestros hijos y cada uno está trabajando desde donde puede porque cree que una nueva
educación es posible. Eso es a lo que se refería Rudolf Steiner con todo el pensamiento que nos dejó, creo.

No es tan importante lo que logremos ni qué pedagogía nos guste más. No, no va de eso. En este camino que estamos haciendo, nuestro halo está dejando el cimiento para algo nuevo, algo que vendrá. Somos creadores y nos lo tenemos que creer. El hombre debe llegar a ser libre para poder crear, gracias a las fuerzas del amor. Y eso sólo lo conseguiremos si logramos tener una nueva educación.

¿Entonces, para qué sirve la utopía? Para eso sirve, para caminar. – Eduardo Galeano



Aguamarina



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