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Me Llevo a los Niños y NO los verás Nunca

Si te vas, me llevo a los niños y no los verás nunca

Mtro. Andrés Gómez Espinosa

Amenaza común, generalmente del varón como un recurso que parece encaminarse a la conservación de la pareja, aun cuando el medio tenga una carga sin duda violenta. En una primera impresión, se percibe un alto valor por la unidad familiar; sin embargo, lo que se defiende, en sentido estructural, es la condición del estatus desempeñado y los beneficios que éste acarrea.

Ser padre de familia sigue siendo atribución de alta estima, sobre este rol se vierten cantidades exageradas de metáforas como: “el timón del barco”, “pilar de la unidad básica de la sociedad”, “jefe de la familia”, “la voz de mando”, “el responsable de tantas bocas que alimentar”, “el fuerte del grupo” imágenes que le ofrecen al progenitor una identidad sólida y de gran valor, prácticamente con independencia de cómo sea su desenvolvimiento paternal.

Enfados en la familia


La iniciativa de las mujeres de dar por terminada la relación de pareja dentro de un marco familiar no tiene buena recepción en muchos hombres. Precisamente la identidad con los esquemas de valor patriarcal llega a constituir su propia existencia, por ello, ante la declaración de ruptura la sensación de pérdida es devastadora. Se victimiza con prontitud y convicción, son pocas las dudas que puede tener acerca de ser el efecto negativo de la acción injusta de la esposa. Inmediatamente apelará a todos los esfuerzos y sacrificios que ha hecho por la familia, se mencionará la multitud de ocasiones que se ha quedado a trabajar con el propósito de incrementar el patrimonio, señalará la austeridad del proveedor, cuyo sacrificio merece santificarse. Lo que no se dirá y se niega rotundamente, es el móvil cultural de sus acciones: constituirse en un macho alfa con todas sus virtudes.

El control sobre el grupo parece ser una constante de gratificación, decidir por los demás, regular todo evento, estimar los alcances de todo hecho, entre otras prácticas, son vivencias que arrojan al controlador estados reconfortables. Corresponder a los mensajes sociales que insisten en la facultad masculina de ordenar al grupo otorga sensaciones de realización. Cumplir con lo establecido en el entorno patriarcal, aunque sea absurdo y abusivo, va construyendo en el sujeto una identidad de certeza cognitiva, emocional que le da el soporte para de ahí ejercer sin duda un cúmulo de acciones morales, su universo familiar de lo aceptable-virtuoso y lo reprobable, inadecuado.

Raíz del control paternal

Seguir validando concepciones sociobiologicistas, como el origen de los papeles en los grupos sociales humanos, carece de consistencia probatoria y argumentativa. Suponer que la masa muscular masculina, que genera mayor fuerza, es un destino en los esquemas de coexistencia no se puede aceptar, porque las organizaciones actuales ya no se basan en la fuerza, ni en la violencia, le apuestan a la racionalidad que consiste en la implementación de lo observado, lo pensado en la vida humana de cualquier ámbito. Los grupos humanos no son una reunión de especies estructuralmente irracionales, son resultado de procesos históricos complicados que han llevado a vivir de la forma más adecuada posible, en cuanto lograr hacer perceptible aspectos que en otro momento parecían ser convenientes y que a la luz de la reflexión se miran desvirtuados.

Un rasgo tabú en la evolución social humana es la desproporción del confort, es difícil imaginar que haya armonía mientras las diferencias en goces como consecuencia de los bienes materiales o los lugares asignados socialmente persistan. La familia también es un lugar de desproporciones, no sólo por las características de cada miembro que lo conducen a tener un rol particular, ya que el sitio específico es predominantemente asignado por una definición cultural antes que por lo irrepetible de los rasgos. Por ejemplo, el menor, de sólo cinco años, cuenta con baja altura, poca fuerza y un estado cognitivo que implica una relación con los demás; no obstante, estas características se subordinan a la posición protagónica de la mirada patriarcal, que supuestamente es quien sabe qué hacer en cada situación.

La venganza del patriarca

La personalidad patriarcal se compone de autoritarismo, lo que quiere decir un nivel de intervención sobre la vida de los demás bastante extendido. En una separación simple, la autoridad es la decisión sobre los otros representando sus deseos y condiciones. El autoritario no atiende al lugar de sus subordinados, los ignora y propasa sus funciones de convivencia armónica para irrumpir en cualquier área, incluso las íntimas.

El patriarca se concibe con dotes poco comunes, constantemente envía mensajes de superioridad que son validados, al menos, por una parte de su grupo. Genera dependencia al crear angustia si llegase a faltar, lo hace mediante la exageración de los problemas y la capacidad que sólo él tiene para afrontarlos. La dominación como condición clínica tiene gratifica en la “admiración” que le otorgue, en diferentes expresiones:

Halago. Éste emerge de los momentos cuasi tiernos que llega a tener con sus oprimidos. Experimenta convivios amorosos, asumiendo a menudo actitudes humildes, declara que tiene conciencia de sus excesos, llegando a pedir perdón, prometiendo que llegarán tiempos mejores, que ha comprendido sus errores y descubierto el valor tan grande que tienen para él sus seres queridos, a los que lastima.

Obediencia. Las decisiones u órdenes deben ser ejecutadas a la brevedad. No debe haber duda de la virtud con las que se han definido. El acatamiento debe hallarse sobre una base de convicción, antecedida por diversas ocasiones que dieron fe de la certeza patriarcal.

Sumisión. Es el grado superlativo de la obediencia, si ésta es poco racional, la sumisión se sustenta enormemente en la emotividad, principalmente en el miedo, mismo que no surge espontáneamente, en tanto que lo respalda múltiples práctica de maltrato, entre las que destacan la agresión verbal, física, emocional
Autoritarismo del padre


¿Qué hacer?


No hay fórmulas garantizadas para aminorar o erradicar la actitud de control y amenaza; pese a ello, el carácter de la comprensión más profundo de este hecho arroja pautas para accionar, el primer dato es indagar cómo se construyó la relación de ese poder que ahora se volvió tan asfixiante para de ahí considerar la posibilidad de destejerlo. Son diversos los esquemas que lo originaron, siendo el más común las condiciones de generosidad que se mostraron, especialmente, los recursos, las actitudes de protección y las sensaciones de fortuna que se elaboran en las mujeres oprimidas.

Sentirse afortunada, endeudada, entre otras sensaciones, es colocarse en un sitio de baja movilidad, atada a no intentar nada, a sentir que la separación será aún más difícil que la permanencia. Ante esto, se debe comenzar al ejercicio de logros que impliquen reconstituir la capacidad de reconocer la utilidad propia. Entre estas sensaciones de privilegio y miedo, se ha ido armado la sensación de soledad, lo que en muchos casos es una realidad, se fueron desconectando las relaciones en “bien” de la mejoría familiar, incluyendo conexiones familiares, por lo que se requiere un reacercamiento con las personas que se tenían lazos más profundos de solidaridad y afecto.

Otra instancia de apoyo es la institucional, prácticamente en todos los países de occidente se han creado instituciones de apoyo, pertenezcan al Estado o sean iniciativas de la sociedad civil. Pueden aparecer con el título de apoyo a las mujeres, a la familia, por la equidad de género, entre otros.

Referencias

Álvarez Bermúdez, Javier y Hartog, Guitte (2005). Manual de prevención e violencia intrafamiliar. México: Trillas.

Álvarez-Gayou Jurgenson, Juan Luis y Millán, Paulina (2010). Re celo porque te quiero: cómo los celos nacen del amor, pero lo matan. México: Grijalbo.

Castillo, Moisés (2016). Amar a madrazos. México: Grijalbo.

Gracia Fuster, Enrique (2002). Las víctimas invisibles de la violencia familiar: El extraño iceberg de la violencia doméstica. Madrid: Paidós.

Linares, Juan Luis (2010). Del abuso y otros desemanes. El maltrato familiar entre la terapia y el control. Madrid: Paidós.

Whaley Sánchez, Jesús Alfredo (2013). Volencia intrafamiliar. Causas biológicas, psicológicas comunicacionales e interaccionales. Madrid: Plaza y Valdés.

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