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Derechos que perdemos al convertirnos en padres

Llevo una semana malo y pasando muy malas noches. Fruto del costipado y del último virus que Maramoto ha importado a casa desde la escuela infantil, ese entrañable mercado de abastos de costipados, gripes, microbios y gérmenes que luego maduran y se hacen fuertes en nuestras casas y en nuestros organismos y nos tienen durante un mes (o más) maldiciéndolos. El virus ‘boca, mano, pie’, como lo llamó la pediatra cuando ayer fuimos a consulta, lleva tres noches dejándose sentir. Tres noches entorpeciendo el sueño de la pequeña saltamontes y, por ende, el nuestro, que nos pasamos más tiempo intentando calmarla que descansando, en una duermevela permanente que nunca tiene tiempo de caer en el sueño profundo. Así que a falta de sueño, la pasada madrugada, en uno de esos despertares, me dio por pensar en clave de humor negro en todas esas cosas que se escapan de nuestro alcance al convertirnos en padres, en todos esos “derechos” que quedan abolidos de la noche a la mañana cuando nace nuestro primer hijo. Así a bote pronto, antes de caer rendido de tanto pensar a horas tan intempestivas, se me ocurrieron cuatro:

Derecho al descanso: Muy evidente por las noches, que se convierten en una montaña rusa de despertares. Pero también por el día, donde perdemos el derecho a la siesta. Los viernes siempre escucho a mis compañeros de trabajo decir que por la tarde se van a pegar una siesta de no se cuántas horas. Cabrones. No recuerdo lo que es una siesta de viernes tarde. Alguna ha caído el finde. Tres o cuatro en dos años y medio. El resto de día pasan dos cosas: o Mara se duerme y nosotros aprovechamos para hacer todo aquello que no habíamos podido hacer con ella deambulando por casa (comida, limpieza, edredoning (¿edrequé?)…), o si nosotros estamos cansandos y deseando pegar una cabezadita, la pequeña saltamontes decide que ese día no se duerme. Y punto. A cambio hemos ganado el derecho a tener unas ojeras deslumbrantes y un agotamiento que pone en juego la resistencia de nuestro cuello en cuanto tocamos un sillón. O una pared. Que cualquier punto de apoyo es bueno para recuperar unos minutos de sueño.

Derecho a la tranquilidad: Que sí, que es muy bonito el concepto de slow life, pero también un poco irreal. Igual es cosa mía, pero siempre tengo la sensación de ir corriendo y llegar tarde. Que sí, que puede que tengas tus 30 segundos de slow life, por supuesto. Incluso que tengas esos 30 segundos y que te dé tiempo a subir la foto a Instagram (Importante que sea con el hashtag #slowlife, para que te envidie más gente). Pero el resto del tiempo estás más tenso que spiderman en un descampado. Hasta en los espacios bucólicos se acaba la tranquilidad, porque mientras estás poniéndole filtros al paisaje y escribiendo el hashtag, tu pequeña saltamontes está bebiendo de una botella de agua que se ha encontrado en el suelo o se está sonando los mocos con un pañuelo que vete a saber de dónde ha sacado. No habrá tranquilidad para los padres.

Derecho a la intimidad: Y no sólo a la intimidad más íntima y el edredoning, que se convierten en una carrera nerviosa no vaya a despertarse la niña y nos deje a medias. Es que llega un punto en que uno ya ni puede cagar tranquilo. Que mira que cagar debe ser un acto íntimo desde tiempos inmemoriales, algo que va en nuestra genética, porque muchos de nuestros hijos en cuanto controlan un poco se esconden para hacerlo y tener su espacio. Pero ahora ha llegado un punto que en cuanto me ausento Maramoto lo detecta y me va buscando. Y ahí la tienes, tocando a la puerta y llorando hasta que le abro, dispuesta a compartir conmigo mi momento. Las mamás, pobres, sabéis bien de lo que os hablo. La mamá jefa estuvo hace unas semanas con un virus estomacal y Mara no la dejaba sola ni para vomitar. Hasta ese decadente momento tenemos que compartirlo.

Derecho a estar malo: Acostumbro a ponerme muy pocas veces malo, pero en esta última semana que he estado con todo el kit del costipado (fiebre, tos, dolor de huesos y mocos) he admirado mucho a mis padres y de forma especial a mi madre. Nunca la recuerdo mala. Ahora he caído en la cuenta de que no es que nunca haya estado mala, no. Lo ha estado muchas veces, seguro, pero no tenía derecho a estarlo. Es un derecho que perdemos los padres. Porque llega tú de trabajar a las 6 de la tarde con 38,5º de fiebre y dile a tu hija de dos años y medio que te deje descansar, que estás malo. Que igual te deja. Se acabaron aquellos lejanos días en que te metías en el sofá, te tapabas con la manta y ponías la tele para anestesiar al cerebro mientras el paracetamol o el antibiótico de turno hacían su trabajo. Ahora toca hacer la compra, bañar a la peque, hacer la cena y saciar las ganas de juego de una niña inagotable. Después, una vez dormida, ya puedes sentarte en el sofá y poner la tele. Aunque con 38,5º de fiebre dudo que tu cuello aguante durante mucho tiempo la verticalidad.
¿Qué más derechos se os ocurren que queden abolidos al convertirnos en padres/madres?

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