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La primera vez que... mi hijo se va de campamento



La vida de un niño está llena de primeras veces. La de madre, también, porque la mayoría de esas primeras veces, aunque nosotros las hayamos vivido en su momento, también nos son nuevas viviéndolas a través de los ojos de nuestros hijos, y lo que no es menos, viviéndolas desde el corazón de madre.
El pasado domingo vivimos una primera vez. Mi niño grande se ha ido de campamento. Digo grande cuando a mi me sigue pareciendo muy pequeño... solo tiene siete años. Pero por primera vez está fuera de casa sin nosotros, sin el entorno seguro y conocido de la familia.
Llevamos casi tres meses preparándonos para ello, con mucha ilusión. Si bien el día que le conté que nos había tocado una plaza de campamento en un sorteo se echó a llorar diciendo que no se quería separar de mi, en cuanto vio lo que era el campamento cambió de opinión. Desde entonces ha contado cada uno de los días hasta ayer, ilusionado, emocionado.
Y confieso que yo también. Estaba ilusionada. Emocionada. Mi hijo iba a vivir una experiencia maravillosa que yo disfruté cuando era niña -no tan pequeña como él-, para mi de los mejores recuerdos de mi infancia fueron los campamentos, y no quería negarle esa oportunidad.
Además no se trata de un campamento cualquiera, sino de un campamento de inglés donde lo principal, además de divertirse a tope, es aprender inglés en modo inmersión lingüística total. Una oportunidad que de no ser porque tuve la suerte de ganar la plaza en un sorteo del que me enteré casi por casualidad, creo que jamás podría ofrecerle.
Así que han sido tres meses de planes, expectativas y preparativos. Y el domingo, por fin, llegó el gran día. Tras varios días ultimando detalles, organizando su equipaje y con los nervios palpables en el ambiente, para todos era una novedad. Además a última hora se trastocaron todos nuestros planes, porque en principio todo iba a ser tan sencillo como el mismo domingo trasladarnos a El Puerto de Santa María, dejarlo y volvernos, pero casi sin darnos tiempo a organizar nada a mi señor esposo le salió trabajo para una semana fuera de casa y tenía que salir de Cádiz el sábado de madrugada, así que tuvimos que improvisar, buscar alojamiento de urgencia e irnos un día antes.
Todo esto no ha supuesto mucho inconveniente en realidad, más allá de hacer equipaje para un día, pero suponía algo con lo que no contaba y que me iba a condicionar en el momento de despedir a mi niño: no estaría su padre, estaríamos solo su hermana y yo.
El caso es que tras pasar el sábado en San Fernando y el mediodía del domingo en Jerez con Por Fin Yo Misma y familia -qué gustazo aprovechar el viaje para conocerla y achucharla, ¡con las ganas que tenía!- la hora de entrada al campamento eran las cuatro de la tarde y cuando llegamos aún faltaban unos minutos para la hora. Llegamos los primeros, con nervios, aparqué el coche, y vinieron los monitores, todos nativos ingleses, a recibirnos.
Fue todo muy rápido. Le dieron su acreditación, dejamos las maletas y lo siguiente era hacer el checking. Mientras, llegaban algunas familias y de repente mi niño me dijo "mamá, espérame aquí que yo voy a ir a conocer a esos niños". No podía ser mejor señal de que él se quedaba a gusto, en lugar de permanecer pegado a mi, con recelo o desconfianza, como podría haber sucedido, estaba  deseando conocer ese lugar que será su casa las próximas dos semanas.
Tras darle la acreditación fuimos a recoger su camiseta y mochila de equipo, nos hicieron una foto familiar, otra a él individual, seguimos el recorrido y lo siguiente fue... Despedirnos, así de sopetón. Creía que mientras  estuviera en el recinto el niño podría estar conmigo pero no, en ese momento teníamos que separarnos. Se me vino todo abajo.
Él se iba sin despedirse, supongo que por la emoción y las ganas de saber qué le esperaba. Yo lo frené, le di un abrazo, me lo comí a besos, "pórtate bien, "disfruta mucho", "despídete de tu hermanita", y venga besos y venga no querer soltarlo mientras, sin poder controlarme, lloraba como si me estuvieran arrancando la vida. Y se fue con los monitores a jugar.
Mi niña la pobre se quedó casi como yo. No lloró pero no hacía más que preguntar por qué no podía ir con su hermano, se quería quedar con él. Y es que para ella también era una primera vez, la primera vez en toda su vida que se separa de su hermano.
Continuamos la visita, hice el checking escondiendo las lágrimas tras las gafas de sol, como las folclóricas, intentando que no se me notara la congoja, sobre todo por mi niña. Desde la planta donde hacíamos el checking podíamos ver a través de una cristalera a los niños jugar, mi niño jugaba al baloncesto, estaba contento, estaba feliz. Al menos eso me tranquilizó un poco.
Y poco más, nos enseñaron las instalaciones  y las diferentes actividades programadas, y pude hacerme una idea de lo que será la vida de mi hijo durante esos días, con mil preguntas que se iban agolpando en mi cabeza.  ¿Dormirá bien con desconocidos?, ¿será capaz de vestirse y saber qué tiene que ponerse en cada momento?, ¿se manejará bien con el inglés?, ¿estaré haciendo lo correcto?, ¿no es demasiado pequeño?. Y me siento la más mala madre del mundo, como si estuviera abandonándolo.
Tras la visita nos despidieron y me vi allí, en el patio que servía de aparcamiento, tan solo media hora después de llegar, sin saber qué hacer. Con un gran vacío, la sensación de que me estaba dejando parte de mi vida detrás, no tenía alternativa. Allí ya no hacía nada, mi papel como madre había acabado, mi niño estaba en su nuevo entorno y a mi no me quedaba otra que subir al coche y volvernos a casa, sin él.
La última imagen antes de irnos al coche fue la de su equipaje solitario, coronado por Avejita, la oveja de peluche favorita de mi niña de quien nunca se separa y que ella decidió dejarle voluntariamente.
"Toma a Avejita, para que te cuide por la noche y no tengas miedo". En estos pequeños detalles se ve el corazón de los niños y el tremendo amor entre hermanos, mi hija renunciaba a su preciado peluche para dejárselo a su hermano.


Pensé que quedarme un rato por el pueblo, por si acaso, pero enseguida decidí que no. Ya estaba hecho, mi niño se quedaba en el campamento, debía asumirlo y allí ya no pintaba nada. Así que mi niña y yo emprendimos el camino de vuelta a casa, solas. Ella preguntando por su hermano y millones de por qué, yo intentando no llorar más.
Llegar a casa solas se me hizo muy extraño. Han pasado dos días y sigo sientiéndome muy extraña. Me falta él. Me falta el ruido, me falta su vocecilla, sus abrazos rompe-cuellos, sus ocurrencias, sus te quieros. Echo de menos hasta su manera de hacerme perder la paciencia. Mi casa sin él no es mi casa.
Hace dos días que no se nada de él, que no hablamos. Algo que nunca había sucedido. Incluso cuando nos casamos y estuvimos papá y yo dos semanas fuera de casa, incluso estando en el extranjero, hablaba con él casi a diario a pesar de que solo tenía 2 años recién cumplido. Por entonces me quedé más tranquila porque era yo la que me iba y él se quedaba con mis padres, en un entorno conocido de total confianza.
Lo tengo en mi mente a todas horas, no hago más que pensar "¿qué estará haciando ahora?", "¿estará bien?". Se que lo está porque de no ser así me hubiera llamado, incluso me hubieran llamado desde el propio campamento. En este caso no tener noticias es la mejor noticia. Ayer esperé a que me llamara, todo el día móvil en manono fuera que no escuchara la llamada y no lo hizo. Hoy he decidido que llamaré yo en la hora establecida para ello, no hago más que contar los minutos. Aunque sea para escuchar su vocecilla unos minutos y que me diga "¡mamá, me lo estoy pasando genial!".
Lo se, estoy siendo una agonías, pero no puedo evitarlo. No pensé que me fuera a quedar tan chafada, creía que sería al revés, que yo sería quien tendría que decirle que no llorara, que iba a estar bien y a pasárselo genial, sin embargo soy yo la que tiene una congoja en el cuerpo que no me deja vivir.
En el fondo me consuela saber que se lo estará pasando de maravilla, disfrutando de una experiencia única. Y que cada día que pasa es un día menos para verlo. Pero hasta que vuelva a tenerlo entre mis brazos no dormiré tranquila, lo se. Cosas de madres.
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