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Perder el tiempo

Hoy me he levantado dando un salto mortal, dando volteretas he llegado al baño, me he duchado, he despilfarrado el gel, porque hoy algo me dice... que tengo que llevar a los niños al colegio, hacer la compra, poner la lavadora, hacer la comida, tender la ropa, poner la mesa... UF, UF, UF, OMMMMMM respira profundamente y relájate, que el día es largo.
Cuando hace cuatro años dejé de trabajar para dedicarme full time al cuidado de Bubú (y a los que vinieran detrás), muchas amigas me decían "joer, tía, qué suerte, sin tener que correr para llegar a la oficina, ni tener al jefe dando por saco diciéndote que tienes que hacer esto y lo otro".
Ja.
Ja, ja, ja. 
Perdonen que me ría.
Perdonen que me descojone, vamos.
Yo, así de modo general, soy un poco imbécil. Del género mermao si me lo permiten. Que sí, que soy muy inteligente, muy estupenda y maravillosa, pero tonta del culo en el fondo. No me malinterpreten, no tengo problemas de autoestima ni nada parecido, sé que soy una crack básicamente en todo, pero tengo esta tara, que soy tontaperdía. ¿Y por qué digo esto? Pues porque no conozco ni a un solo ser humano, ni uno, que se agobie si el armario de la plancha amenaza con reventar, ni que se sienta mal si sale de casa sin hacer las camas o que tenga remordimientos si se sienta a tomarse un cafelillo cuando la lavadora ha terminado, en lugar de ir corriendo a tenderla.
Desde que soy madre tengo muy pocos ratos libres, por no decir ninguno. Con deciros que compré el Hola ayer por la mañana y aún no lo he abierto... Bueno, pues soy incapaz de sentarme 10 minutos a tomarme una cocacolalait y a echarle un ojo si no tengo todo hecho: camas, plancha, comida... ¿Por qué? Pues porque soy idiota. Así, con todas las letras: i-dio-ta. Siento que estoy perdiendo el tiempo y perder el tiempo es algo que una madre full-time no se puede permitir.
Pero no os confundáis, que no se trata de que Marido me eche en cara nada, que va, pobrecillo mío. La merma vive en mí. Soy yo, que soy idiota, ya os lo he dicho. Es como una fuerza sobrehumana que se apodera de mí, un gen recesivo del pasado más ancestral, que me susurra al oído "y tendrás el valor de sentarte a leer el Hola viendo el refregón que hay en el suelo..."
Yo lo juro que he intentado no hacerle caso, no escucharla, pero la vocecilla sigue ahí, pareciéndose sospechosamente a la voz de mi abuela, esa que me enseñó que sentarse en las camas cuando están hechas puede ocasionar graves perjuicios a la salud, como que te suelten una colleja voladora.
Conste que esta afición mía a martirizarme cuando no estoy haciendo algo de provecho vino, como las estrías y la capacidad de dormir entre tres y cuatro horas diarias y estar como una rosa, aparejada a esa maravillosa etapa en la vida de algunas mujeres llamada maternidad. Antes de ser madre, yo podía estar perfectamente un domingo por la tarde sin más ocupación que pintarme las uñas mientras miraba, distraída, el montón de ropa de plancha apilado en una silla del cuarto de estar.
Pero ahora no. Ahora todo es distinto. Ahora el cargo de conciencia de que uno de mis hijos vaya a acostarse en una cama cuyas sábanas no hayan sido previamente ventiladas, aireadas, estiradas y colocadas, a ser posible a primera hora de la mañana y con la ventana abierta, es superior a mí. La culpa me invade. Perder el tiempo me horroriza.
Así que amigos, aunque estoy muy a gusto aquí contándoos mis cosas, os tengo que dejar porque la lavadora está haciendo piiii piiii y esa lavadora no va a tenderse sola. Que no me gusta perder el tiempo.
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