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Educar para prevenir



España está de nuevo revolucionada, consternada y atemorizada con la detención del presunto pederasta de Ciudad Lineal. Sobre todo los que somos padres de niñ@s en edad de ser víctimas de este tipo de depredadores sexuales.
Yo estoy acojonada, no os voy a engañar. No se trata de salir con miedo a la calle y encerrar a nuestros hijos en una burbuja de cristal para evitar que corran ningún tipo de peligro, porque eso no es vida. Pero da miedo no saber quién puede estar mirando a tus hijos con intenciones ocultas, quién puede valerse de tu despiste momentaneo para engañar a tu hijo y llevárselo. Os juro que pienso, escribo y me tiemblan las manos y el corazón al hacerlo.
Creo que el único arma que tenemos frente a ello es la educación. Educar para prevenir. Enseñar a nuestros hijos lo que deben y lo que NUNCA deben hacer, explicarles los peligros a los que se pueden enfrentar y sus consecuencias para que sepan cómo actuar. Sí, lo se, la teoría parece muy fácil y no es una fórmula magistral que exima del peligro a nuestros hijos con total garantía, pero cuanto menos vale la pena intentarlo.
El desconocido que te ofrece caramelos, el que te invita a subir al coche para llevarte a casa, el que viene de parte de tu madre/padre/abuel@/tí@, el amigo de ..., el vecino... De eso siempre nos han advertido, recuerdo esas palabras en boca de mi madre una y otra vez. Y que levante la mano quién alguna vez no se ha visto en alguna de estas situaciones. Creo que, por desgracia, much@s niñ@s (más niñas que niños, me atrevo a decir) nos hemos llevado un buen susto a cuenta de esto.
Voy a contar algo de lo que nunca he querido hablar, por vergüenza, por culpa, por yo que se. Yo me crié en un pueblo donde desde pequeña mi madre se confiaba y me dejaba ir sola por la calle. No recuerdo exactamente cuándo empecé a ir sola a los sitios, pero si se que con 7 años ya me iba sola a los recados, al colegio, a la biblioteca. Me cruzaba el pueblo de punta a punta. Tendría unos 10-11 años como mucho, quizás menos pero no recuerdo exactamente qué edad tenía, creo que era comienzo de verano y yo iba a clase de solfeo por las tardes. Mi madre me esperaba en un parque cercano al que llevaba a mi tío- era 5 años menor que yo- y yo regresaba sola desde la escuela de música. Estaba relativamente cerca aunque era una zona de poco tránsito peatonal, para cortar camino atravesaba la explanada del muelle y eran unos 10 minutos andando. Recuerdo que yo caminaba tranquilamente y de frente venía un chico de unos 16 años. De repente me lo vi delante, obstaculizándome el paso, me paró y con una de sus manos se sacaba algo del pantalón. Algo que yo nunca había visto. Había cosas de la vida que con esa edad yo no sabía lo que eran. Se empezó a tocar, yo no sabía lo que estaba haciendo pero sabía que no me gustaba nada -y ahí aprendí lo que es marsturbarse-, empecé a sentir miedo y me bloqueé. Él intentó tocarme pero de repente pasó una pareja cerca y yo aproveché para salir corriendo. No paré hasta llegar al parque y ver a mi madre sentada, esperándome. Llegué corriendo, sofocada, sin aliento. Mi madre pensó que venía corriendo por gusto y yo, por vergüenza, por pensar que la culpa era mía, no le conté nada de lo que me acababa de suceder. Nunca se lo he contado. Me sigue dando vergüenza.
El otro día hablaba por whatsapp con blogueras amigas -o amigas blogueras, no se cómo lo decirlo porque nos conocimos como blogueras y gracias a ello ahora somos amigas- sobre cómo educar en la sexualidad a nuestros hijos, de manera que puedan conocer su cuerpo sin miedo, vergüenza o sentimiento de culpa. Un tema del que espero hablar con más detalle. Y en esa conversación dejé patente mi opinión de que cuánto mejor eduquemos a nuestros hijos en la naturalidad del sexo y en el respeto por su cuerpo, probablemente nos evitemos muchos problemas en un futuro. Digo probablemente porque, repito, de la teoría a la práctica va un trecho.
Así que la educación para mi juega un papel fundamental. Y así intento hacerlo con mis hijos. No se si estoy haciendo lo mejor de lo mejor, al menos lo intento, o lo hago como mejor se.
Desde hace ya tiempo soy muy machacona con hacerle saber a mis hijos que nunca deben irse con nadie que no sea mamá o papá. Con nadie. Para irse con alguien de la familia primero deben pedir permiso o saber expresamente que se pueden ir con tal persona. Es algo que les repito over and over again sobre todo a Iván, que es mayor y tiene capaz para comprender mejor estos temas. Y es que os podeis imaginar los antecedentes que tenemos aquí en Huelva: Ana Mª Jerez Cano, Mariluz Cortés, Ruth y José Bretón... la verdad es que no es nada fácil explicarles algo así, sobre todo el caso de los niños cuyo asesino fue su propio padre. Pero cierto es que este último caso, al ser tan mediático y cogernos tan cerca, ante las preguntas de Iván de qué le había pasado a esos niños, nos abrió la puerta para hablarle de una realidad que no podemos obviar.
Y no hago más que eso. Por un lado explicarles que con quien siempre estarán seguros es con mamá y papá. Que nunca deben alejarse de nuestro lado, nunca deben ir a ningún lugar sin avisar y pedir permiso (Iván es muy independiente y es de los que se va a hacer pipí o beber agua sin que te des cuenta, más de un susto casi nos ha dado, y digo casi porque nunca lo despistamos de nuestra vista), nunca deben aceptar nada de nadie que no seamos nosotros sin antes decírnoslo, ni chucherías, ni chocolate, ni juguetes, ni dinero, ¡nada!, nunca deben irse con nadie, ni extraño ni conocido ni familia ni papá de amigo del cole ni vecino, ¡nadie! Sin antes hablar con papá o mamá. Nunca subirse a un coche, nunca meterse en un portal, en una casa. Se lo digo muy claro: hay gente adulta que es mala, que tiene malas intenciones, que les gusta hacer daño a los niños y que los engaña para llevárselos sin que sus padres se den cuenta. Y puede que esos niños nunca vuelvan a ver a sus padres.
Puedo ser tremendamente cansina pero me da igual, por mi no va a quedar. No puedo quedarme con los brazos cruzados, confiar en mi vigilancia y pensar que a ellos nunca les va a pasar nada.
Esto implica, además, educar a la familia y al entorno cercano. Porque yo entiendo las buenas intenciones al hacer regalos a mis hijos sin maldad, pero en España está muy arraigada la costumbre de dar dinero a los niños para que se compren algo, por poner un ejemplo. Con la familia cercana no hay problema, ni en la de papá ni en la mía se estila eso de dar dinero a los niños y si alguna vez se ha terciado ahí hemos estado para decir que no den dinero a los niños. Pero tengo una vecina, mujer mayor de 70 años, viuda y que se que quiere mucho a mis hijos, no lo pongo en duda, pero que tiene la manía de darles dinero para que se compren algo, o comprarles un paquete de patatas o un donut en la pastelería del barrio. Claro, los niños no son tontos, ¡a nadie le amarga un dulce! Y yo soy más prudente que descarada, lo reconozco. Pero la realidad es que si los niños aceptan de buena gana que un conocido les de dinero, el riesgo de que lo acepten de alguien desconocido entendiendo buenas intenciones por su parte es mayor. Y es algo que mientras yo pueda no estoy dispuesta a tolerar.
Así que hay que educar a nuestros hijos pero también a los adultos del entorno cercano. Agradecer las buenas intenciones pero hacerles entender que las consecuencias de sus buenas intenciones pueden ser muy negativas para los niños.
Con los niños, educación y confianza. Creo que es fundamental que confíen en nosotros, y con esto me refiero a que no nos tengan miendo. Porque está claro que los hijos confían en sus padres, ¿cómo van a desconfiar en las personas que más los quieren?. Pero no deben tenernos miedo, no debemos inspirar temor en ellos. No deben pensar que ante algo que se salga de lo normal, cualquier acto que no controlen, que se escape de sus manos, nuestra reacción va a ser una regañina o un castigo. A nadie le gusta que le abronquen, menos a los niños, que son quienes reciben más broncas con menos motivos reales. Y si se encuentran con que algún adulto ha intentado ofrecerles algo o hacerles algo que saben que está mal, lo principal es que sepan que nos lo deben contar porque nosotros los vamos a proteger. Que ellos no están haciendo nada malo, no los vamos a reñir ni mucho menos. Nos lo deben contar porque si no no podremos cuidarlos y protegerlos. Siempre, siempre que tengan miedo, dudas, siempre que desconfien o que se encuentren en una situación que les haga sentir incómodos, siempre que teman los actos y reacciones de un adulto, conocido o desconocido, siempre que alguien es haga desconfiar, que nos lo cuenten.
Odio estos temas y hablar de ello porque me ponen muy mal cuerpo, no puedo evitarlo. Hablar de ello me hace pensar en mil situaciones que pueden encontrarse mis hijos y no soporto pensar que nada malo les vaya a pasar. Ahora mismo tengo el corazón encogido y un nudo en el estómago que espero se me quite en cuanto cierre la tapa del portátil. Pero es necesario hablar de ello, poner en común y que entre tod@s encontremos la manera de evitar este tipo de situaciones.
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