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La madre especial (y su necesidad de espacio)



Esta es una entrada especialmente pensada para las madres que, como yo, tienen o hija con algún tipo de discapacidad. Es igualmente válida para aquellas que no los tienen, pero que reivindican el tener un hueco para ellas mismas al día, a la semana, al mes, en cualquier momento. Porque antes que madre se es persona, algo que puede parecer muy obvio, pero es algo de lo que algunas mujeres (no muchas, pero algunas) se olvidan tras la maternidad.




Yo tenía unas ganas tremendas de ser madre. Y en ese viaje que emprendí por primera vez en 2006 (sí, tengo un adolescente en casa), la vida me dirigió hacia un destino inesperado; si no conoces la historia "Bienvenidos a Holanda" , no sabrás exactamente a lo que me refiero, pero lo puedes leer aquí. A veces pienso que la vida se me torció, pero prefiero cambiar el pensamiento y centrarme en lo que tengo que vivir. Y adaptarme a los Países Bajos, sin duda.




Mi primera maternidad fue diferente. Estaba encantada con mi hijo pero muy centrada en mi trabajo y en la labor que conlleva el dirigir y gestionar un colegio. Aunque no me arrepiento de ello, porque era algo que me gustaba, reconozco que perdí parte de la infancia de mi hijo pegada a una pantalla de ordenador y entre cuatro paredes. Mi afición principal cuando tenía tiempo era leer, pero a veces incluso mis lecturas tenían que ver con la gestión escolar. Lo único que hacía de forma extraordinaria era ir a nadar, pero más por la necesidad de tener un hábito saludable, no ya tanto porque me gustara (y reconozco que lo debería retomar, ahí lo dejo).




Pero no sé ni siquiera si aquel era mi momento o mi espacio, porque en la piscina contigua tenia a mi niñito aprendiendo a nadar así que tampoco estaba sola. De cualquier modo, en aquel momento no era algo que me planteara. Lo único que pienso es eso, que sin arrepentirme, le dediqué demasiado tiempo al trabajo.




La segunda maternidad y, casi a la par, el regreso a mi ciudad natal para vivir a escasos kilómetros de ella, me hicieron plantearme la vida de forma diferente y darme cuenta de que, aunque la maternidad se hubiera convertido en mi prioridad principal, yo necesitaba mi espacio, mi reducto personal. Creo que lo he ido consiguiendo pero a veces es difícil compatibilizar los diversos aspectos de la vida. Hay que sacar un rato para una misma, aunque haya que buscarlo debajo de las piedras .




Y a lo largo de estos años, desde el nacimiento de mi hija, la vida no me lo ha puesto fácil. Soy madre, esposa, hija, amiga y la prioridad, sin duda, es lo primero ya que era mi sueño hecho realidad desde que era una niña. Pero hay vida más allá.





La discapacidad de un hijo lo pone más difícil.

El diagnóstico, el darse de bruces con la realidad, el soñar que de la noche a la mañana tu hijo va a dejar de estar así y se va a poner bien y las interminables horas de consultas y terapias (vete a la localidad de Holanda que prefieras) no lo ponen nada fácil. Te dan el titulo de "mamá especial" sin examinarte ni siquiera. Y se convierte en una carga más que se suma a la mochila de todo lo que una madre suele, por lo general, llevar encima por el hecho de serlo.




Es una maternidad complicada, difícil, pero yo personalmente me niego a que mi vida se centre sola y exclusivamente en ese aspecto, porque antes que madre soy persona; y después de madre, unas cuantas cosas más, pero me niego a centrar el discurso de mi vida en yo, madre, madre de hija, de hija con discapacidad, de médicos, de terapias, de órtesis. Es un 80% de mi vida se podría decir, pero la vida va más allá de todo esto. O mejor dicho, me niego a que se centre exclusivamente en esto y no haya otros temas que tratar.






Leo a muchas madres que han dejado de trabajar para dedicarse a sus hijos. En mi caso, yo nunca lo he hecho. Mi hija acudió a la guarde desde muy pequeña, y después siempre al colegio, nunca he dejado de llevarla por cuidarla, es más, en un tipo de centro u otro he considerado que le estaban ayudando a aprender todo lo que pudiera. Nunca he dejado de trabajar y no por ello me considero peor madre que las que sí lo han hecho. De lo que sí "disfruto" es de una reducción de un 50% de jornada remunerada por hija con enfermedad, la cual me permite compatibilizar mi trabajo, mi vida personal y el cuidado de mi hija. Porque esto es una pescadilla que se muerde la cola: para pagar todas las terapias hay que tener dinero; para tener dinero hay que trabajar; y además, dejar de trabajar para que la niña esté en su colegio para mí no tiene sentido. Yo tengo un trabajo que me llena, me satisface y me permite cambiar el chip en milésimas de segundo en cuanto entro en la clase, enciendo la pantalla interactiva y comienzo a recibir a "mis otros peques". Por lo tanto, necesito trabajar para llenar mi vida, aunque sea a tiempo parcial pero con la misma intensidad de si fuera a tiempo completo. Y para poder vivir y costear las terapias de mi hija.










Y tampoco creo que sea mejor o peor madre por dedicarme tiempos para mí misma, al autocuidado, al aprendizaje, a las aficiones. Mi hija tiene más gente que la cuida y la rodea, no solamente estoy yo, por lo que puedo disponer de momentos exclusivamente para mí. Para encontrarme y sentirme mejor, para disfrutar, para darle a mi vida un poco del sentido que se escapa por otros huecos. Ese capuccino con sacarina y la pequeña chocolatina que le acompaña mientras el color fantasía se adueña de mi cabello una vez al mes , ese momento ¡no lo cambio por nada! O cuando de vez en cuando dejo de hacerme yo sola la manicura y me pongo en manos de otras manos para que me cuiden las mías.








E igual que hace unos años esperaba con ilusión las tardes de los martes y los jueves para ir a clase de inglés para obtener el B2, desde que el curso pasado, justo antes del confinamiento, en una sala de espera solitaria, mientras me tomaba un chocolate calentito para combatir el fresquillo de las tardes/noches de Diciembre y Enero, me picara el gusanillo de cantar a la par que lo iba haciendo mi mayor, ese espacio que yo necesito como persona antes que madre, se me ha vuelto a llenar. En esta ocasión, de mano de la música que tanto me llenó cuando era niña y a la que abandoné en lo más hondo de un cajón, cajón que se podía volver a abrir sin duda alguna.






Unas madres llenan sus espacios jugando al pádel; otras practican pilates y las hay que disfrutan con la lectura o coloreando mandalas. Para mí la música, y en concreto el canto, me ha ido llenando la vida semana tras semana y al igual que mi hija acude semanalmente a sus diversas terapias, yo voy a la escuela durante media hora a la semana a cambiar otro chip distinto al del trabajo. Es otro tipo de terapia porque me ayuda a olvidarme de los problemas aunque sea de forma momentánea y me hace disfrutar de algo que me gusta.





Días atrás, pensando en esto, recordaba a una persona que conozco y que salió de un estado depresivo gracias a juntarse con un grupo de músicos y empezar a crear. Y es algo real. También hablaba con el director de un coro acerca de la vuelta a la actividad tras la pandemia y de como los componentes le decían que estaban deseando ese regreso porque se trataba de una auténtica terapia.




Esto lo puedo resumir en que, a mí, la música me da la vida y me completa, me llena ese espacio que necesitaba como persona y más siendo mi caso el de una madre especial, con más problemas añadidos que las que no lo son.




A modo de conclusión, os diría a las madres, especiales o no, que vuestra vida es algo más que estar pendiente de vuestros hijos e hijas, que por supuesto son lo primero y el motor de nuestras vidas, pero que tenemos que preservar ese espacio que nos corresponde, y que no debéis sentiros culpable por dejar a vuestros hijos a ratitos o porque sea algo que alguien os eche en cara, porque si no nos cuidamos nosotras ¿Quién lo va a hacer? Ahí os dejo esta pregunta para qué lo penséis.




¡Un beso enorme!

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