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Padres al borde de un ataque de nervios

Seguro que has escuchado ya esta frase: “Cuando los hijos son pequeños, surgen problemas pequeños y cuando se hacen grandes, los problemas crecen en intensidad”,  o en su versión “cuando son chicos problemas chicos y cuando son grandes , problemas grandes”………pero hoy estamos en onda con “padres al borde de un ataque de nervios”.

Sin tomarlo como dogma, lo que sí es cierto es que cuando los hijos están en fase de crecimiento, de los 0 hasta los 10 años en que inician la pre-pubertad, las dificultades que conlleva la crianza suelen estar bajo nuestro control o de personas que nos ayudan a ello. Si tienen fiebre o dolor de muelas sabemos que especialistas médicos nos ayudarán a sanarlos. Les acompañamos a la escuela, a las actividades de ocio, a otras por las que demuestran aptitudes o interés… allí estamos nosotros, los inefables padres, atentos a que todo marche bien y siempre en actitud de protección y cuidado. Les inculcamos nuestras creencias, incluso las más hondas y limitantes, nuestros credos, hasta les compramos la equipación de nuestro equipo favorito con la esperanza de que no se “desvíen” . Ya que vienen sin manual de instrucciones, como solemos decir, nos afanamos por aprender a hacerlo mejor, sobre todo usando el binomio prueba + error. Y nos equivocamos y enmendamos con gran esfuerzo para que en el momento menos pensado y con la guardia y las fuerzas mermadas… ¡ZAS! Llegue otra incidencia tan o más complicada que la que acabamos de resolver.

Y ¿Qué ocurre cuando esos chiquillos alegres y ruidosos que nos adoran y modelan empiezan a convertirse en seres extraños, algo taciturnos, que nos miran como enemigos y que nos cuestionan cada palabra o gesto? ¡Con la adolescencia hemos topado!

Resulta que nuestro bienamado retoño nos empieza a decir claramente NO, expresa sus opiniones en voz alta, a veces con ira y otras con alguna torpeza. Nos retan, desafían nuestra autoridad, hasta se erigen en jueces de nuestros actos.

Alcanzar una cota del Himalaya parece más fácil que caminar junto a adolescentes durante su periodo de tránsito de la infancia a la edad adulta. Aún los más disciplinados, calmados y estables pasan por esos “picos” emocionales, los temibles bucles de caída y subida, como una loca atracción de feria. Y nosotros en mitad de este tornado, que asistimos aterrorizados a veces, preocupados siempre, a este complicado peregrinaje que no sabemos bien cuando va a terminar.

No caben consejos, pues cada hijo es un universo en sí mismo. Quizás, seguir algunas pautas para que el impacto no sea tan tremendo.

-La primera, aceptar que ya no son esos niño/as que eran nuestros apéndices. Empiezan a ser autónomos y a exigir autogestión.

Comprender que su mundo ha cambiado y que es un avance parejo a su edad y naturaleza nos ayudará a no alejarnos.

No juzgar con dureza, no suele haber mala intención en sus desaires. Ocurre que ni ellos mismos logran controlar emociones nuevas. Desean ser adultos, pero no saben bien cómo hacerlo bien. Creen saber todo para darse cuenta de que en realidad no saben moverse en ese nuevo estatus que les exige otros comportamientos.

-Una buena dosis de paciencia, respirar profundo cinco veces antes de cualquier reacción, contar cada dedo de nuestras manos y sopesar el efecto que nuestras palabras podrían causar. Controlar nuestra fisiología, no solo qué decimos y cómo lo decimos sino la corporalidad que acompaña a nuestros discursos. Obvio que en esta etapa siguen requiriendo disciplina y enseñanza, pero si ya antes cuidábamos nuestros tonos y gestos, ahora es el momento de no abusar de prédicas correctivas y menos desde emociones como la ira o la rabia. Y este ejercicio es el más complicado. Quién no ha vivido esta experiencia?

-Resumiendo, mejor dos buenas frases contundentes, dichas de buen talante, que un discurso iracundo, lleno de reproches y amenazas. Y como ya es habitual en otros aspectos de la vida, lo que no falla es dar ejemplo. Aunque nos cueste, mantener la serenidad que a ellos les falta para que sientan la seguridad que siempre les hemos regalado y que ahora necesitan más que nunca por mucho que digan y crean que no…

Siempre el Amor: Incluso en los momentos más oscuros de la relación, el Amor planea sin siquiera llamarla a capítulo. Está ahí, es el lazo indisoluble. La que permite reconducir situaciones adversas, episodios penosos en los que hemos perdido los nervios y las formas. Es el “pegamento” del perdón, la fuerza más poderosa del Universo.

Quien actúa con y desde el Amor puede equivocarse, pero no fracasar. Es una fuerza tal que ni siquiera somos conscientes de que tiene sus propias leyes y las aplica, queramos o no.

Recordemos que la adolescencia es una transición necesaria y deseable. Que hagan tanto “ruido” significa que están vivos, creciendo y alcanzando las etapas naturales de su vida. Por tanto, seamos agradecidos de poder acompañarlos y hagamos un esfuerzo para ser esa “red” que está debajo del funambulista. A la vuelta de algunos años, podremos desdramatizar el proceso y reírnos junto a ellos de algunas vivencias que tan trágicas nos parecieron en su momento.

Y ya en clave de humor pensemos en la dulce “venganza” que supondrá la llegada de nuestros nietos, sus hijos, qué placer!!!!!de los que disfrutaremos sin la enorme presión de ser los responsables de su educación. ¿Quién dijo que la vida no es justa?

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