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Entre gritos y rabietas de una bebé

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Como escribí en la carta de cumpleaños que le dediqué a nuestra pequeña saltamontes, “no ha sido un año fácil”. El primer año de vida de un bebé siempre es complicado para unos padres (sean estos primerizos o no), pero la cosa se dificulta un poco más cuando ese bebé cumple todas y cada una de las características que definen a un BAD (Bebé de Alta Demanda). Esas características iniciales que compartí hace un tiempo se van ampliando con el paso de los meses. Y una de las primeras en aparecer es el carácter. Un carácter fuerte, impaciente e intenso, de esos que echan para atrás.

Lo empezamos a comprobar antes de las vacaciones de verano (Maramoto tenía para entonces 9 meses) y lo estamos viviendo en nuestras carnes desde entonces. Dice la teoría que los bebés empiezan a tener rabietas (¡Las temidas rabietas!) sobre los dos años. Pues bien, nuestra little grasshopper las tiene desde los nueve meses. Y ahora que acaba de cumplir un año ya son tremendas. Como os he comentado también en alguna otra ocasión, hasta hace unos meses esas rabietas se circunscribían a un hecho muy puntual: Subirse en la sillita del coche. Ahora esos berrinches del coche son más intensos si cabe y, para hacerlo todo más fácil, hemos añadido nuevos motivos de rabieta: Vestirla, ducharla, cambiarle un pañal, no dejarla coger la ropa de las tiendas de un centro comercial, querer cambiarle el destino de sus pasos, volver a casa del parque… Todo eso y mucho más es susceptible ahora de convertirse en una rabieta de átate los machos.

Y por si con las rabietas no fuese suficiente, el carácter de Maramoto ha venido acompañado de otros colegas inseparables: Los gritos. Como todavía no le ha llegado el momento de comunicarse mediante la palabra, Mara ha decidido que lo va a hacer mediante gritos, así que nuestro día a día se ha convertido en una sucesión de aullidos que varían en intensidad dependiendo de la paciencia o la impaciencia que tenga en ese momento nuestra bebé. Que quiere coger algo y no llega, grito. Que no se lo das, grito. Que quiere que la cojas y en ese segundo en el que te lo pide no puedes, grito. Y gritos, y gritos y más gritos. Y oye, parece que le hemos dado una garganta con resistencia infinita, porque la tía se puede pasar el día gritando que no pierde un ápice de voz. Es un portento.

Lo curioso de todo esto es que muchas veces, cuando no puedes ya con tu vida y en plan desahogo lo cuentas a alguien cercano, todo el mundo te dice lo mismo: “Eso es normal con los bebés, todos son iguales”. Y yo me quedo a cuadros, porque soy parte de una familia muy numerosa, he tenido muchos primos pequeños, y nunca he visto nada igual. Este fin de semana, sin embargo, mis padres y mi hermana estuvieron en casa para celebrar el cumple de la pequeña saltamontes y pudieron vivir con nosotros como es nuestro día a día entre gritos y rabietas. Lo difícil que nos pueden resultar cosas tan rutinarias como vestirla o cambiarle un pañal. La odisea en la que se convierte salir de casa con el coche. La saturación que te puede llegar a causar la acumulación de gritos. Las rabietas incesantes en el centro comercial. Y creo que se dieron cuenta de que igual no exageramos cuando contamos las cosas y que si hemos perdido kilos, está más que justificado.

No, no es fácil vivir entre gritos y rabietas. A veces, incluso, nos parece que nos hemos metido en un capítulo de Supernanny sin fin. Pero no será ella quién nos ayude a nosotros. Tenemos nuestras propias herramientas. Entendemos las frustraciones de Maramoto. La abrazamos fuerte cuando entra en bucle de rabietas, aunque muchas veces (al menos aparentemente) sirva de poco. Y las respetamos. Aunque haya días en que no tenemos fuerzas ni para respetarnos a nosotros mismos. Y, sobre todo, amamos a nuestra pequeña saltamontes tal y como es. Con su nervio y su carácter indomable de espíritu libre. No queremos cambiarla. La queremos así. Aunque a veces los días se nos hagan un poco largos…

¿Cuándo empezaron vuestros peques a tener rabietas y a sacar el carácter que llevaban dentro?

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