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Llama a la comadrona

llama a la comadrona


Llegó un día, hace no demasiado tiempo, en que la mamá jefa y un servidor caímos en la cuenta de que se nos había ido la mano con las series. Con las series violentas, quiero decir. Breaking Bad, Narcos, Juegos de Tronos, The Walking Dead, Fear the Walking Dead… Teníamos que esperar a que Maramoto se durmiese para verlas (con lo tarde que suele ser eso y el riesgo de quedarnos sopa viendo un capítulo que eso conlleva), así que decidimos cambiar de registro y aprovechando que la teníamos en Netflix empezamos a ver los capítulos de ‘Llama a la comadrona’, la serie de la BBC inspirada en las memorias de la comadrona Jennifer Worth.

Y aunque su protagonista, Jenny Lee (Jessica Raine), me saca un poco de quicio por lo sosa que me resulta, la serie nos fue enganchando poco a poco por esos personajes que se hacen querer; ese viaje en el tiempo (tan bien ambientado y conseguido) al paupérrimo y conflictivo East End londinense de los años posteriores a la Segunda Guerra Mundial; y esas historias personales y familiares siempre abocadas al parto (cuántos y qué diferentes unos de otros) que nos muestran cómo se tenían los hijos entonces, cómo se vivía, y cómo las innovaciones tecnológicas, todavía en pañales, se iban haciendo hueco en los paritorios y en las casas de las parturientas.

Sorprendentemente, sin embargo, la que más se enganchó a la serie fue nuestra pequeña saltamontes. No sé si será porque le ponemos poco la tele y tampoco conoce mucho más en la programación, pero lo cierto es que cada vez que acabábamos de cenar nos pedía, “por favor, por favor”, ver un capítulo “de la serie de los bebés”. Y si veíamos dos del tirón, mejor todavía. La mamá jefa y yo nos hemos llegado a quedar dormidos en el sofá viendo la serie mientras Mara era la única que aguantaba sin perderse detalle del capítulo en cuestión. Y nunca, nunca, nos ha hecho spoiler. Gracias, cariño.

Su afición por las comadronas, los bebés y los partos es tal que ya tiene clarísimo por dónde nacen los bebés (adiós, cigüeñas, adiós). Y ahora, uno de sus juegos favoritos, que al final está muy relacionado con su afición a jugar, indistintamente, a ser médica o enferma, es hacerse pasar por embarazada. O hacerme pasar a mí, que tampoco me cuesta mucho meterme en el papel. Y una vez metida en harina pedirme que le ponga en la barriga el esteteoscopio para escuchar a su retoño imaginario. Además de tomarle la temperatura y la tensión, no vaya a ser que se nos pase alguna variable por alto. Luego, toda vez que ya ha considerado que el bebé debe estar suficientemente maduro tras 10 minutos de embarazo, me pide que se lo saque. Así tal cual. “Papá, ahora sácame al bebé”. Y se pone en posición de parturienta, y empuja y empuja, mientras espera que le deposite al recién nacido imaginario en sus brazos. Una vez en ellos lo acuna. E, indistintamente, me pide que le saque otro (¡Gemelos!) o se vuelve a quedar embarazada.

Lo que hubiese pagado la mamá jefa por un embarazo así de maravilloso, como los ficticios de Mara. Lo que pagaría, seguro, por un parto así de rápido e indoloro. Temiéndonos que no será así, ya tenemos el contacto de Casa Nonnatus. Llegado el momento, cuando Leo dé señales de querer llegar al mundo, le diremos a Mara que llame a la comadrona. Juntos esperaremos a nuestra particular Jenny Lee.

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