La Culpabilidad de sentirnos Infelices

Llevo unos días en los que, inevitablemente, me siento sola, desesperada, mala madre, mala persona, mala en todo y buena en nada. A veces las facturas que más nos cuestan son las que nos emitimos nosotros mismos, con la pesada cruz de la responsabilidad a cuestas, las preocupaciones, el poco “tiempo” que nos dedicamos a nosotros mismos, y un sinfín de “problemas” que parecen surgir de la nada y del todo.

¡Me cuesta tanto aceptar los tiempos que se tornan difíciles!. En un libro que he estado leyendo últimamente, a ratos desesperados entre sueño y desgana, me asombró descubrir una gran verdad entre sus líneas: El único problema que hay en tu vida, es pensar que tienes un problema. El autor nos invita a aceptar las situaciones como son, sin etiquetar de bueno o malo lo que nos ocurre, sino contemplando nuestra vida como una sucesión de experiencias que nos ayudan a crecer y aprender.

Hada, Risueña y Duendecillo llevan una semana con fiebre, mocos y tos, un catarro que los ha llevado a una alta demanda que me ha colapsado. Su papá está en casa desde que nacieron, no se ha separado de ellos más que en cortas y contadas ocasiones, al igual que yo, pero donde se ponga en sus bocas a modo de llanto, de llorera, de atención desesperada un ¡Mamá!, que se quite un Papá, Papá, Papá, Papá…Con esto quiero decir que todas sus demandas y peticiones van dirigidas hacia mi persona, desde por la mañana hasta por la noche, y generalmente, imagino que por la inseguridad que les acarrea sentirse acatarrados junto con lo caldeado del ambiente, de malos modos, a gritos, todos a la vez.

A esto se suma cierta tirantez que ha surgido como pareja entre Mi Hombre y yo, a modo de guerra, cometiendo el grave error de volcar nuestra “mierda” e ira en el otro, sin compasión. Los humos por aquí no están muy zen últimamente. Me siento al borde de un precipicio.

Educar en casa, siempre lo digo, no es nada fácil. Supone establecer unas normas que el niño, dependiendo y según qué casos, va a aceptar o no, supone que tu hijo comprenda que aunque estés cerca suya, tú tienes que hacer otras cosas, a parte de estar 100% con ellos. En nuestro caso particular, las edades de nuestros hijos son además especialmente delicadas. Duendecillo ya quiere gatear e ir consiguiendo autonomía en sus movimientos, no se conforma con el reducido espacio de un parque y los brazos empiezan a cansarle, prácticamente es su padre quien está paseándolo todo el día, porque su peso hace mella en mi espalda. Lo estamos soltando para que comience a coger soltura y así, que pueda caminar cuando esté preparado, que creo que va a ser extremadamente pronto porque tiene muchísima fuerza y quiere estar mucho tiempo de pie. Soltarlo significa tener que estar a su lado sí o sí, sin libertad de movimiento ni de mínima distracción, porque Hada y Risueña están al pie del cañón con su hermano pequeño, al que aman, adoran y muerden si es necesario.

Por otro lado, Hada y Risueña, como es normal a tempranas edades, necesitan motivación constante y se cansan rápidamente de cualquier actividad. Quieren empaparse de experiencias y estar pendientes de una sola cosa por treinta minutos seguidos es una tarea ardua.

Además se enfadan y se dan leña si tienen que dársela, por cualquier juguete u objeto. Quieren exactamente la misma cosa (que tiene la otra) y exactamente del mismo color, en el mismo sitio y a la misma hora.

Todo esto, sumado al trabajo que tenemos que realizar cada día con respecto a Cazatest: Preparar pedidos, contratar envíos, enviar la paquetería, etcétera, hace que me sienta desbordada y buena para nada, porque estoy en todos sitios y no estoy en ninguno.

¿Cuándo escribo para mamaventura?- Entre cigarros “a escondidas” en la soledad hueca de un baño – Sí, fumo, pero en casa no se fuma porque evidentemente no exponemos a nuestros hijos al humo tóxico del tabaco. ¿Quiero dejarlo? – Sí, pero cierta y tristemente enlazo mis diez minutillos de “paz” y “soledad” a ese cigarro desesperado.

Y aquí estoy, expresando lo que mi alma rota siente, porque siento que la desorganización ha tocado fondo. Quiero hacer eternos los días en los que todo va bien, la casa está limpia, mis hijos juegan y aprenden sin discusiones, esos días en los que me siento realizada y me siento buena madre, buena persona, buena gente…días en los que mi pelo no esté enredado y en los que mis pelos negros no abriguen mis piernas, días sin gritos y sin llantos…y no me refiero a días sin mis hijos, sino a días en los que, todos juntos, en unidad como familia, nos sentimos armonizados y felices en el calor de nuestro hogar.

Luego de estar días en desarmonía total, llega la culpa, esa culpa que te persigue y te recuerda lo mal que lo estás haciendo y esa culpa que te hace sentir mal por no ser feliz. Pienso que tengo prácticamente todo lo que quiero y siempre he querido, pero no me siento feliz, y me siento culpable por ello.

Buscar la felicidad en un momento que no sea el presente no me ayuda, quiero sentirme feliz ahora, hoy. Creo que la felicidad está estrechamente vinculada a la aceptación, y quizá el quid de la cuestión es que debo aceptar esta racha, siendo plenamente consciente y sin perder el norte, afrontando lo que es y abrazándolo, quizá así y solo así la situación cambie, o mejor dicho, cambie mi percepción hacia la situación, consiguiendo sentirme feliz y agradecida a la vida por darme tanto.

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