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Aprender a decir 'no' sin sentirnos culpables al instante

Hasta hace realmente poco, yo era una de esas personas a las que le costaba un montón decir no (de hecho, pocas veces lo hacía). Tanto si me apetecía o no casi siempre cedía a lo que querían los demás. Cuando me negaba, me sentía horriblemente mal y me arrepentía al instante. ¿Qué es lo que pasaba? Que al final me convencían. Y yo me quedaba en un segundo plano dando más importancia a la felicidad de los demás.

Pero, ¿y qué dirán los demás al decir no?

Lo primero que a mí se me pasaba por la cabeza al tratar de decir no era: ¿y qué pensarán mis amigos? ¿y mi familia? ¿qué dirán de mí? Solía aceptar los planes que proponían todos por miedo a que dijeran algo malo de mí. Afortunadamente, me di cuenta que no podía (ni quería) gustarle a todo el mundo y que diciendo que sí a todos solo me estaba haciendo daño a mí misma y creaba una burbuja de malestar que era totalmente innecesaria.

Nuestros seres queridos tienen que tener claro que hay un límite que no se puede pasar. Que valen las manipulaciones, ni las ofensas ni las amenazas. Pues si no vas a la fiesta de Alberto seguro que se enfada mucho contigo. ¿Es que no vas a hacer lo que te pido ni siquiera por mí? Todos van a pensar que eres una aguafiestas si no me acompañas a la cena. ¿Habéis tenido que escuchar alguna vez este tipo de frases? Son manipulaciones directas a las que no deberíamos hacer caso.

Hay que dejar a un lado la culpa porque no estamos haciendo nada malo

Como os comentaba antes, cada vez que conseguía decir no a alguien me arrepentía al instante. Poco a poco, aparecía el sentimiento de culpa y afloraba el siguiente pensamiento en mi cabeza: “venga, si por ceder una vez más no pasa nada”. Pero sí, sí que pasa. Si estamos cediendo continuamente ante los demás no nos estamos respetando a nosotros mismos. Habrá personas que vean nuestra bondad y generosidad como un talón de aquiles e intentarán aprovecharse de nosotros.

Decir no a nuestros amigos, padres o seres queridos no es algo horrible y más si ya hemos cedido más veces antes.  Ojo, no hay que confundir saber decir no con ser unos bordes o dejar que nuestras emociones hablen por nosotros. ¿Qué quiero decir con esto? Fijaos en estas frases y y pensad cuál os disgusta menos.

Paquito, no me apetece ir a la fiesta de Alberto. Ya te he acompañado varias veces a otras celebraciones y a esta no pienso ir.

Paquito, eres un pesado del quince. ¿Por qué no te vas y me dejas en paz de una maldita vez?

Entramos en el mundo laboral. ¿Qué pasa si decimos no? 

El otro día me llamó una amiga muy disgustada. Como yo es educadora infantil y está empezando con un blog. Resulta que le llamaron de una escuela infantil y le ofrecían trabajar de lunes a viernes dos horas durante quince días. Tardaría en llegar una hora y media todos los días. Ella le comentó a su pareja que la oferta le parecía absurda y que la persona que le había llamado tenía mucho morro. Él le contestó que tenía razón y que estaba en su derecho de rechazar el “puesto”.

Y así lo hizo. Rechazó el puesto explicando los motivos a la persona que le había llamado y luego contó la anécdota a su familia. Aquí os dejo las reacciones: ¿pero cómo se te ha ocurrido no aceptar el trabajo? ¡Si tenéis que pagar la hipoteca! ¡Pero qué señorita eres tú! ¿Te tienes que ofrecer un trabajo de jefa para aceptar? De ahí vino todo el disgusto. De ahí vinieron las lágrimas de amiga. ¿Qué problema había? Que no se había sentido arropada ni comprendida por sus seres queridos y que habían sobrepasado los límites.



¿Qué podemos hacer para no sentirnos culpables al decir no? 

Os voy a contar lo que yo hice por si queréis llevarlo a la práctica vosotros también:

#Empecé a pensar un poco más en mí

Para que os hagáis una idea yo siempre le daba más importancia a la felicidad de los demás que a la mía propia. Si veía que al decir no mis conocidos se ponían tristes, yo cambiaba de opinión en segundos. Casi siempre era así. Y precisamente eso fue lo que empezó a hacer que me sintiera mal. No me tenía que apetecer siempre los planes que proponían mis amigos y tampoco tenía que estar de acuerdo a todas horas con mi familia. Y eso, no hacía que les quisiera menos. Pero yo también estaba ahí y lo quería era importante.

#Dejé de dar importancia a las expectativas de los demás

“Y yo que creía que eras más fiestera”. “Y yo que creía que siempre ibas a hacer cosas por mí…”. Todos esos pensamientos los tienen los demás y nosotros no los controlamos. Como decía antes, no podemos (y no es sano) intentar agradar y gustar a todo el mundo. Cuando simplemente me centré en ser yo misma y comprendí que no tenía que dar tantísima importancia a lo que los demás pensaran… todo fue a mejor y yo me sentí más cómoda y a gusto conmigo misma.

#Puse límites y dejé las cosas claras

Es increíble que a veces tengamos que poner límites para que los demás no se metan y conduzcan nuestra vida de lleno. Siempre he defendido mucho la intimidad de las personas y el derecho a tomar decisiones sin dar explicaciones. Mi vida es mía y yo decido cómo y con quién vivirla. Puedo aceptar consejos y opiniones pero la decisión es mía y nadie me la va a quitar. Y si me equivoco, estoy segurísima que aprenderé algo.

#Aprendí a gestionar las emociones

Y todavía estoy aprendiendo (menudo mundo maravilloso). La inteligencia emocional me ayudó muchísimo a no sentirme culpable al decir no. Me ayudó a expresar de forma sana y equilibrada mis sentimientos y mis puntos de vista. Me ayudó a entender que yo también era importante y que no era una mala persona por no ceder siempre. También me fue muy útil para comprender lo que sentían los demás y no juzgar sus emociones.

#Leí un montón de libros sobre el tema

Un día fui al centro comercial y me compré varios libros sobre el derecho a decir no, la culpabilidad y la psicología positiva. ¿Y sabéis qué? Me ayudaron muchísimo. Empecé a ver la vida de una forma completamente distinta y poco a poco fui saliendo de ese hoyo de pesimismo, disgusto y malestar por sentir que los demás estaban manejando mis vida siendo yo un títere más.

#Sabía que no iba a aceptar todos los trabajos

Y que no tenía que dar explicaciones a nadie. Tengo la suerte que desde hace tres años puedo elegir los proyectos y los trabajos en los que me implico. Hay algunos que los rechazo. ¿Por qué? Simplemente porque no me convence la idea, porque mi línea de trabajo no es parecida o porque yo no me voy a encontrar cómoda dentro de ese proyecto. ¿Habrá alguien al que no le guste mi decisión? Desde luego que sí, pero, recordad que no tenemos que gustarles a todos.

Y ahora contadme vosotros, ¿os cuesta mucho decir que no? ¿Cómo reaccionan vuestros conocidos cuando no cedéis a algo?

Fuente: este post proviene de Nunca jamás y yo, donde puedes consultar el contenido original.
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