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¿Se acaban alguna vez los "terribles dos"?

Spoiler: la respuesta es no, nunca, ni hasta de adultos.

Me imagino que pensarán que este post va a tratar sobre el Sebas, que cumple dos en septiembre y los temidos “terribles dos”. Pero en realidad no, les voy a hablar de Isabela, que tiene 5.

Mi Isa en verdad nos trae muy pocas preocupaciones, es una niña dulce, educada y de buen corazón. Pero resulta también que es una niña, y pasamos por todas las etapas no tan dulces de crecimiento- los “terribles dos”, los “peores tres “(les juro), y ahora estamos en una etapa de “desafiantes cinco”.

Me quedo en blanco cuando le pido algo “Isa ven a comer” y me contesta con un todo desafiante y gritón “¡No. No quiero!” Obvio me lleno de sentimientos de culpa: “¿He criado una niña malcriada y desobediente o qué pasó?” me pregunto. Busco ayuda y me explican que no, no he criado una niña malcriada, resulta nada más que esto es una etapa más del desarrollo.

¿A qué viene esta anécdota entonces? Veo muchos papás (y admito que yo también) que se encuentran con los “terribles dos” y sienten que sus hijos fueron casi que cambiados por otros y piden ayuda para superar esta etapa. Piden ayuda y sinceramente e inocentemente creen que con algunos tips pasarán los terribles dos y listo, de vuelta mi angelito.

Pero resulta que los “terribles dos” pasan y solo se reemplazan por los “peores tres” (en inglés les dicen “threenagers” haciendo alusión a los adolescentes porque parecen mini adolescentes), y los cuatro vienen con otro desafío, y ahora los cinco han venido también con otro. Y es como que los “terribles dos” nunca se van sino que se transforman.

Lo que sucede es que a los dos años aproximadamente (otros niños antes y otros después, porque todos son únicos), empieza el primer desafió de la vida: la frustración de querer algo y no poder comunicarlo o exteriorizarlo, y nacen los “terribles dos”. Que no es que los niños se vuelvan terribles sino que se encuentran con el primer desafió de muchos que tendrán: el querer algo y no poder obtenerlo y también la frustración de no poder comunicar lo que queremos.

Imaginen les botan a ustedes en la mitad de Rusia; ¿se sentirían bien? ¿qué clase de angustia tendrían de no poder comunicarse, de no poder pedir comida en un restaurante, de no poder comprar algo que necesiten? ¿ustedes no llorarían también de la frustración?.

Eso pasa con los niños a los dos años: tienen su primer de muchos desafíos en la vida; aprender a comunicarse. A los tres años: el segundo desafío; entender que ya no son bebés y aprender a hacer las cosas independientemente (viene acompañado del famoso lloriqueo o whinning en inglés). A los cuatro años: el tercer desafío; entender límites, el no y aprender a tomar decisiones acertadas (viene acompañado de muchas travesuras porque creemos que ya son grandes pero resulta que aún no toman muy buenas decisiones). Y finalmente los cinco años: el cuarto desafío: aprender a hacer cosas que no queremos hacer. Que es lo que le pasa a Isabela, aún no entiende que a veces tenemos que hacer cosas que no queremos hacer. No quiero vestirme, no quiero comer ahorita, no quiero. Puedo decir que no y no quiero. No es que ella quiera ser desafiante, sino que no entiende porque tiene la independencia que tiene y no puede escoger cuando y como hace las cosas. Y cuando somos adultos igual naces nuestros desafíos, con diferentes nombres, capaz pueden ser los mismos que tuvimos de niños.

Que lindo sería que en vez de llamarlo los “terribles dos” le llamaríamos mejor “El desafío de los dos años”. Porque eso es lo que son; desafíos que tienen los niños mientras van creciendo y se van acomodando a su familia, a las normas sociales, y van entendiendo los límites y que se espera de ellos. Estoy segura que tendremos luego “El desafío de los seis” y así continuaremos por los años y por toda la vida hasta que seamos adultos.

¿Por que entonces los adultos no montamos berrinches si nos botan en la mitad de Russia y no tenemos como comunicarnos? Los adultos tenemos ya herramientas para lidiar con nuestros desafíos. Entonces a los niños hay que darles eso justamente: herramientas con cada nuevo desafío. Una vez que tengan todas las herramientas necesarias van ellos a poder ser adultos que manejan bien sus frustraciones y desafíos (¡o al menos eso espero!).

Tengo una niña normal, ok, me siento afortunada pero ahora, ¿Qué hago? Normal será; pero eso no quiere decir que debo aceptar ese comportamiento. Y pues como los “terribles dos” y los “peores tres” siempre hay una forma de lograr evitar estos momentos y de manejarlos mejor: tenemos que brindarles nada más las herramientas para hacerlo.

¿Qué aprendí entonces con la ayuda de una amiga sicóloga que tan amable fue en ayudarme con mis dudas? Para los “desafiantes cincos”, menos comandos y más preguntas. Menos “Isabela vístete” y más “Isabela ya tenemos que salir ¿qué crees que debes hacer antes de irnos para poder salir?”, le ayudo a ella a entender que por más que ella no quiera hacer algo en específico este minuto, necesitamos hacerlo para poder continuar con nuestro día o nuestra actividad. La herramienta para esta edad es explicarle y hacerle entender causa y efecto: si quieres salir, tenemos que vestirnos. A los dos años la herramienta es darle comunicación: el Sebastián no habla mucho pero se hace entender con lenguaje de señas que yo le enseñé; sus berrinches, limitados a los momentos que no logra hacerse entender. Y así sucesivamente, tenemos que darles las herramientas que les ayuden con cada desafío.

No soy perfecta y mis días últimamente están llenos de desafíos y de sentirme impotente ante estos pero ahí voy, investigando, leyendo, intentando mejorar. Les cuento cómo me va con este nuevo desafío y les recuerdo- cada etapa tiene un desafío, tenga nombre o no; y son etapas del desarrollo. 

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