Así que según me quedé embarazada, super que esta vez no iba a permitir que me acompañara nadie que no hubiera conocido de antemano y que compartiera la misma filosofía del nacimiento que yo. Quería respeto absoluto tanto hacia mí como hacia mi bebé, a pesar de que pudiera complicarse, a pesar de que hubiera que hacer algún tipo de intervención.
Aunque mi primera opción era parir en casa, finalmente no pudo ser porque en Madrid no hay equipos de matronas que los atiendan a día de hoy (desgraciadamente, y como reflejo de lo atrasados que estamos en España en ese aspecto). Así que me informé y finalmente decidí que me acompañara el equipo One to One de la ginecóloga Ana Suárez en el Hospital HM Nuevo Belén en Madrid.
Sala Morada de Parto Natural en el HM Nuevo Belén
Pasé todo el embarazo con miedo a que se complicara el parto como me pasó con Ollie, preocupada de que se adelantara, se atrasara, tuvieran que inducirme…En fin, todos esos miedos que nos pasan por la cabeza a una gran parte de las embarazadas. Pero por otro lado tenía la tranquilidad de que, aunque las cosas no fueran como a mi me gustaría, por lo menos estaría rodeada de gente que cree en el respeto a la madre, al bebé y al proceso que ambos viven.
Pasé varias semanas con contracciones de pródromos, todos los días me iba a la cama pensando que esa sería la noche. Pero al cabo de unas horas las contracciones paraban y todo vuelta a la normalidad. El día antes de cumplir las 40 semanas, me notaba muy pesada y tenía también bastantes contracciones leves. Sentía que quedaba poco. Sin embargo, por la noche todo paró y no volví a sentir nada diferente hasta las 8 de la mañana.
Una contracción diferente me despertó, ya no se ponía la tripa dura entera, era un dolor más localizado en la zona baja y muy parecido al de la regla. No le di importancia, y me levanté, ayudé a Ollie a prepararse, hice la cama y el desayuno. Seguían las contracciones (por la mañana nunca solía tener) y alguna era lo suficientemente dolorosa para que tuviera que cerrar los ojos un rato. Llamé a mi madre después de desayunar porque me habían dado varias, y quería ver qué opinaba ella y que se prepara en caso de que nos tuviéramos que ir para quedarse con Ollie.
Mi madre estaba en la montaña y me dijo que llamara a las matronas enseguida, que me estaba poniendo de parto seguro. La verdad es que llamé por su insistencia, porque yo estaba muy bien y no quería dar una falsa alarma. Hablé con Marina sobre las 10 y me dijo que fuera al hospital. Al ser un segundo y vivir lejos (a 45 minutos en coche), era mejor no esperar a que fuera tarde. Así que cogimos nuestras cosas y nos fuimos rumbo al Hospital.
Durante el camino las contracciones seguían igual, cada 6 o 7 minutos y bastante dolorosas. Yo iba casi convencida de que Marina me diría que todavía no era el momento después de explorarme. Llegamos allí a las 11 y me puso monitores. Me hizo un tacto y solo estaba de 2 cm. Me pidió que fuéramos a dar un paseo a ver si la dinámica seguía o si se estancaba, y que volviéramos en 2 horas. Así hicimos, y estuvimos dando vueltas alrededor del hospital, sin ir muy lejos porque las contracciones eran fuertes y cada vez que me daba una tenía que pararme, agacharme y cerrar los ojos. Sobre las 12 le dije a mi pareja que eran muy intensas, que necesitaba ir al baño y que preguntara a Marina si podía verme.
Marina nos recibió antes de lo esperado y me preguntó si quería seguir caminando un rato o ingresar. Le dije que no me veía con fuerzas de seguir andando y que me molestaba mucho el ruido de los coches. Sobre la 1:30 entramos en la Unidad de Parto Natural. Me desnudé entera, me lo pedía el cuerpo. Marina bajó las persianas y yo me subí a la cama en cuadrupedia. Era la única manera de llevar las contracciones más o menos bien. Me sentía mareada y vomité.
Así estuve un rato (a saber cuánto), y preguntándome cuánto podría quedar porque tenía mucho dolor y mucho sueño a la vez. Pedí entrar en la ducha y ahí estuve un rato sentada en un taburete con el agua en la tripa. Estaba sudando y me encontraba bastante mal. Salí, me senté en el váter y pude llevar mejor el dolor en esa posición. Pedí a mi marido que llamara a Marina (ella nos dejó solos casi todo el rato) y le pregunté qué hora era para saber si podía explorarme otra vez. Habían pasado 4 horas desde el primer tacto así que accedió a hacerme otro. Yo necesitaba saber que había avanzado algo desde los 2cm con los que llegué para afrontar la situación mejor. Y menos mal que así fue, eran las 3 de la tarde y estaba de 8cm. Me alegré y solo pensaba que ya quedaba menos, que en poco tiempo Patrick estaría en mi brazos y que ese dolor desaparecería.
Sinceramente, el dolor era mucho más intenso de lo que yo esperaba. Con Ollie fueron muchísimas horas de contracciones con oxitocina y creo que me dolían menos que en este segundo parto. Pedí entrar en la bañera y después de un rato dentro Marina me ofreció Entonox (le dije que me estaba muriendo, que no podía más). Le dije que sí pero no era capaz de inhalar hondo, respiraba rápido y así no salía el gas. Me agobiaba perder la dinámica de mi respiración. Aunque se recomiende respirar hondo, mi cuerpo me pedía hacerlo rápido y superficial y así parecía dolerme menos.
Ya en la bañera no sabía cómo ponerme: me dolía muchísimo la zona de las lumbares y del ano. La bolsa seguía intacta y Marina me preguntaba si no tenía ganas de empujar. Vomité no sé cuántas veces, porque seguí bebiendo algo de agua por consejo de Marina y me sentaba fatal cualquier cosa en el estómago. Yo notaba que no había progreso, que el dolor era muy intenso pero la cabeza no terminaba de bajar. La bolsa se rompió dentro del agua y yo no noté nada, me lo comentó Marina.
Marina me pidió que empujara, que lo intentara, yo no tenía ganas, solo quería apagar dolor, que acabara ya, que naciera y sentir alivio. Empecé a empujar a pesar de no tener ganas completamente, eran cerca de las 4 de la tarde según mi marido. Empujé con todas mis fuerzas, sentía que no tendría fuerza para empujar más, estaba usando literalmente toda mi energía en cada empujón y no daba resultados. Al no haber progreso, Marina me propuso ver si una parte de la bolsa estaba haciendo de almohada y estaba ralentizando el proceso. yo sentía la necesidad de explorarme y sacar parte de la bolsa y tejidos que había en la vagina, algo me estaba molestando.Rompió lo que quedaba y ahí empezó todo a cobrar más sentido.
Seguí empujando y me pidió que lo hiciera en apnea. La cabeza asomaba pero no llegaba a coronar, volvía hacia adentro. Yo estaba de cuclillas en la bañera, agarrándome de los laterales, mi marido me echaba agua fría por encima. Por fin noté el temido anillo de fuego, y sí: escuece, tira, ví las estrellas. Grité desde lo más profundo de mi ser. Nunca había gritado así, era más un rugido interno que algo hacia el exterior.
Una vez que la cabeza estaba fuera, esperando a la siguiente contracción, Patrick empezó a moverse dentro y yo grité que parara, era demasiado intenso. Había un espejo donde poder ver la salida pero yo era incapaz de mirar y desconcentrarme. Finalmente con la siguiente contracción salió todo el cuerpo y lo pusieron sobre mi. Eran las 18:16 de la tarde y yo estaba exhausta. Venía con un par de vueltas de cordón (una en el cuello y otra alrededor del cuerpo) y según me contó Marina al salir hizo caca. Tardó unos segundos en respirar, la pediatra intentó que lo hiciera sobre mi cuerpo en la bañera masajeándole el pecho enérgicamente, pero tuvieron que llevarlo a la cunita para intentar reanimarlo. Yo solo decía: respira, respira, respira.
Agradezco mucho la calma que ellas me transmitieron en todo momento, diciendo que seguro en el paseo desde la bañera la cunita respiraría. Seguramente ellas están muy acostumbradas a este tipo de situaciones, para mi era una pesadilla que ya me había pasado con Ollie. Por suerte, al cabo de pocos segundos y ya de camino a la cunita, le escuché llorar y solo podía agradecer que así fuera.
Volvió junto a mi rápidamente, salí de la bañera como pude y me tumbé en la cama. Estaba verdaderamente exhausta, no sentía las piernas, ese paseo tan corto me parecía prácticamente imposible. Patrick no dejaba de llorar, y así estuvo literalmente dos horas después de nacer: llorando sin parar. No quería el pecho, solo lloraba y lloraba. Agradezco no haber sido primeriza porque mantuve la calma y pensé que antes o después dejaría de llorar. Ahora ya sé por qué lloraba y por qué siguió llorando semanas después, muy a menudo de noche y de día. Pero ese es otro tema que contaré en otro post más adelante cuando me de la vida.
Hasta aquí mi experiencia con el Equipo One to One de Ana Suárez. A día de hoy, repetiría sin dudarlo. Y aunque ciertos matices no fueron como esperaba, les doy una nota de 10 deseando que cada vez más hospitales y profesionales se parezcan a su forma de hacer. Muchas gracias a todas por todo, por haberme acompañado y hacerme sentir capaz, fuerte, invencible. Por haberme permitido tener mi parto soñado. Millones de gracias de todo corazón.